En la sierra del Segura se
mantiene el recuerdo de descendientes de moriscos que practicaban costumbres
musulmanas
Andalusíes - 24/12/2006 21:32
| La Vanguardia
Fuente: La Vanguardia
Pueblo de la Sierra del Segura
Juan López González se
postraba de rodillas mirando al este y tocaba repetidamente con la frente en el
suelo. Al sol le llamaba a veces Mahoma. A menudo recitaba unas salmodias
incomprensibles con un libro viejísimo en las manos, con tapas negras de madera,
que escondía dentro de una talega en una viga. En Semana Santa, cuando por el
pueblo desfilaban procesiones, él no probaba ningún alimento mientras hubiese
luz natural. Esos días, colocaba un plato vuelto del revés en el umbral de la
puerta de su cortijo: Un día que un vecino le preguntó por qué lo hacía,
respondió ruborizado que era para que el plato se secase. "Es que estaba
muerto de miedo, siempre se escondía y me pedía a mí que no contase nada de lo
que le veía hacer -explica hoy su hija Venerada-; él y su hermano salían a
rezar al campo, para que nadie les viese". Antes de comer, inclinaba la
cabeza y susurraba una salmodia en la que repetía mucho Alá. Tenía expresiones
propias: decía arua jimena (ven aquí) jarria (mierda), quém (perro)... "Es
nuestra tradición -me contaba-pero eso no debes decirlo fuera de casa".
Juan López murió en 1986,
cuando Vene, así la llama todo el mundo-contaba 31 años. Ella se fue entonces a
trabajar a Francia. En su pueblo, Riópar, inmerso en la Sierra del Segura, se
pasaban tiempos de estrechez. La mujer se llevó una sorpresa mayúscula en su
lugar de trabajo cuando oyó que un compañero marroquí le decía arua jimena,
como su padre. El marroquí le enseñó un Corán y Vene lo asoció inmediatamente
con el librote que su padre bajaba con una pértiga de la viga. Llena de
curiosidad, buscó el texto en español y comprobó que allí se citaban las uríes,
otra palabra de su padre. Vene duda de que su progenitor entendiese gran cosa:
"Se ponía las gafas y lo abría, pero yo le preguntaba cosas de él .y no
sabía responderlas".
Vene vive hoy en el cortijo de
su padre, llamado Martínez Campos porque, dicen, fue del general. Su progenitor
había nacido en él. El padre de él era de Bogarra, un lugar vecino. Su
bisabuelo procedía de Las Casicas del Segura, otra aldea cercana. A pesar de
éste pedigrí, su padre y su abuelo decían siempre que la familia era "de
Granada", Y cuando precisaban más, de las Alpujarras y de Motril. Sin
embargo se trataba de una especie de me memoria ancestral, porque no había
constancia de qué antepasados se habían trasladado hasta la Sierra del Segura.
Esa memoria también había transportado a través de los siglos el recuerdo de
Abén Humeya, "que era nuestro rey, un santo varón, un gran hombre",
en palabras del padre.
Juan López fue quizás el
último, pe¬o no el único. Aurelio Amores, que nació en 1918, recuerda que en su
juventud los más mayores de Riópar Viejo (el núcleo original del pueblo), donde
él vivía, "adoraban al sol" al amanecer. "Se asomaban a los
riscos de levante y se hincaban de rodillas y hacían reverencias",
asegura. "No eran pocos; había, al menos, una docena", y repetían
jati mali. Aurelio tiene bien claro porqué los viejos ejecutaban este ritual:
"Era su religión, adoraban al sol como nosotros lo hacemos con
Jesucristo". En ningún momento se le ocurre vincular estos actos con el
islam, del que él no tiene noticias. Dos generaciones anteriores a la suya
estas prácticas estaban generalizadas en su vallé. "Mis abuelos me
contaban que cuando ellos eran jóvenes había muchos viejos que se postraban
mirando al levante varias veces al día", explica.
Riópar está situado en el sur
de la provincia de Albacete, tocando a la de Jaén, en un valle cerrado al que
sólo puede accederse a través de tres puertos situados entre los 1.100 y los
1.400 metros de altitud, nevados en invierno: "Hasta hace muy poco esto
estaba perdido de la mano de Dios", explica Juan Valero Valdelvira, un
empresario de 50 años que tiene una empresa de producción de maderas nobles. "Cuando
yo era pequeño aún no había carreteras y la población vivía en cortijos
diseminados por el monte; está claro qué aquí no llegó la inquisición y en el
momento de la expulsión en 1609 los musulmanes nativos no fueron
molestados".
El padre de Juan Valero era
matarife y él le acompañaba por los cortijos de la sierra a hacer su trabajo.
“Estuviera donde estuviera la casa siempre situaban la mesa de la matanza
encarada al este, con una desviación de cinco grados hacia el sur, exactamente
la dirección de La Meca. Yo me di cuenta de eso hace diez años y pregunté a
diferentes cortijeros porqué ponían la mesa en esa posición. La respuesta
invariable era que siempre había puesto así".
Valero cuenta que las
costumbres de su abuelo eran de musulmán, por su austeridad, por su visión de
la vida…aunque él mismo no lo sabía. Él le llamaba "hermano", un
apelativo que se daba a la gente mayor y respetada, como se hace en árabe. Su
abuelo que no se movió nunca del pueblo hablaba siempre con nostalgia de
Granada e indicaba el camino por el que se va a la vieja capital nazarí. Él
todavía celebraba la vieja costumbre moruna de dar de comer a los animales lo
mismo que a las personas un día al año, y para matar una bestia pedía permiso a
las alturas. Pensaba, como hoy todos los viejos del valle, que una mujer no
puede subir a un árbol cuando menstrúa, porque éste se secará según anuncia el
Corán.
Indumentarias características
En las familias de tradición
musulmana aún hay recuerdos de la indumentaria característica. Vene había oído
en casa que el abuelo de su albuelo llevaba siempre "una bata" encima
de los pantalones y la camisa, "una chilaba”. Su abuelo le contaba que iba
a trabajar al campo con ella. El último de Riópar en llevar bata fue el llamado
tío Sayas por su atuendo. Murió en 1971 y su recuerdo sigue muy vivo.
"Dicen que llevaba la saya porque tenía incontinencia urinaria, pero es
obvio que él no 1a había improvisado"; comenta Juan Valero. Su propio
bisabuelo llevaba un pañuelo envuelto en la cabeza; "al estilo
morisco".
La madre de Juan Valero,
Aurora Valdelvira, todavía sabe anudar el pañuelo de esa manera y tiene
recuerdos también de una persona que se arrodillaba y hacía reverencias:
"Yo veía hacer eso a un labrador, Lorenzo Castillo Peinado, hará unos
sesenta años. Dejaba el tiro del arado a un lado y se agachaba y se levantaba
en dirección al Collado de la Rambla, -la dirección de La Meca-. ¿Qué hace
éste?, me preguntaba yo".
Aurora coincide con su hijo en
que su suegro "tenía muchas cosas de moro". Recuerda su petición de
mano y su boda, en que los padres del novio adornaron caballerías con colchas
de cama y fueron hasta su cortijo, donde se hizo una fiesta con vino azucarado
y dulces. A ella le pusieron un delantal y todos le tiraban dinero en él.
Cuando murió la hermana de su padre la amortajaron de blanco y le pusieron un
ramo de flores en las manos, y la velaron durante toda la noche. Juan Valero
explica que casi todas estas costumbres y muchas otras de Riópar se ven
reflejadas en el libro de Gerald Brenan "Al sur de Granada". El
escritor inglés vivió en la década de 1920 en un pueblo de Las Alpujarras,
Yegen, y describió el carácter y las costumbres de sus gentes.
La cocina es otro elemento muy
particular en las familias tradicionales de Riópar. El padre de Vene preparaba
cuscus ("él lo llamaba así"), con cordero, patatas, garbanzos Y
harina tostada, con un sofrito de cebolla, tomate y perejil. Pero lo que más
recuerda son las almujábenas, unos dulces que se hacen en distintos lugares,
que su padre enseñó a preparar a su madre -que no compartía sus tradiciones- y
que se comían durante la Semana Santa, con harina, huevos, agua y azúcar.
Aurora Valdelvira prepara, por su parte, nuégadas, unas bolas he¬chas con nuez
y azúcar tostado.
El padre, cuyo oficio era
resinero de monte y apenas salió de Riópar, decía a Vene que los árabes
gustaban mucho de los dulces y que los hacían con miel. Luego de muchos años,
ella ha vuelto a preparar almujábenas y otra repostería de la que se hacía en
su casa, y ha empezado a servirla a sus huéspedes, porque, tiene habitaciones,
de turismo rural.
Cuando Juan López y su hermano
ayunaban por Semana Santa, hacían un preparado con harina, que comían antes del
amanecer y al anochecer, pero Vene no sabe exactamente qué era. En esos días no
fumaban ni tomaban vino. Su padre también comía cerdo aunque a menudo comentaba
que no debería hacerlo: Juan Valero explica que el cerdo es fundamental en la
alimentación del valle "pero le añaden tantas especias y lo hacen hervir
tanto que su sabor queda totalmente desfigurado; el embutido se conserva en
aceite de oliva o se mezcla con arroz y piñones". El padre de Juan mataba
cerdos, pero en su casa jamás se probó una morcilla; ése embutido era tabú.
Vene explica que una tarta hecha con manteca de cerdo tradicional en Riópar en
su casa se hacía siempre con manteca de vaca.
“Mahoma debe estar radiante”
Vene tuvo que hacer la
comunión como todas los niños del pueblo y su padre se llevó un disgusto;
"él jamás entraba en la iglesia". "Mi madre insistió en que la
hiciera porque `”si no, nos iban a señalar”, pero yo fui la única que no fue a
la catequesis". Con el matrimonio, muerto ya Franco, ya no tuvieron
reparos. "Yo no me casé por Iglesia: mi padre no quería", explica.
Aunque sí tuvo una pequeña ceremonia casera: Su progenitor hizo unas señas con
la mano delante de ella y le dijo: "Salte de la casa y echa el pie derecho
hacia delante, y ya serás para él el resto de la vida". Antes le había a
advertido: "No te has de casar un día de lluvia o nublado, tiene que estar
el cielo claro; Mahoma debe estar radiante”.
Juan López explicaba a su hija
que su identidad era postiza. "Nosotros venimos de la raza de los
Caravavantes y de los Navalón; perdimos el nombre y nos pusieron otro". En
este sentido, Juan Valero tiene muy claro de dónde vienen muchos de los
apellidos del valle y la trayectoria que han seguido. "Mi segundo
apellido, Valdelvira, es bab elvira (puerta bella) -es famosa la de Granada-, y
los que se llamaban así jamás fueron bautizados, lo mismo que los Banegas a los
Alarcón, es decir, nunca hicieron la conversión oficial al cristianismo, y eso
se sabe en las familias". En Riópar se han conservado también algunos
términos árabes particulares –Valero ha recogido más de 200- como aljuma (hoja
de pino) y estar en fárfaras (sin vigor).
Un tonillo característico
El pueblo murciano de
Albudeite es quizás el único lugar del antiguo Al Andalus donde ha permanecido
el acento propio de los árabes. Sus habitantes conservan una cantinela peculiar
que llaman tonillo y, además, no usan el pretérito indefinido (no dicen, por
ejemplo, “he estado ”sino “estuve”), un tiempo verbal inexistente en la
lengua árabe de sus antepasados. El alcalde la población, Joaquín Martínez,
explica que en la tradición local se ha conservado que “vienen de moros” y, por
supuesto, en los pueblos vecinos se han encargadote recordárselo con motes y
chirigotas, en los cuales siempre figura el mismo gentilicio: moro. La memoria
popular vino a confirmarse cuando el historiador Juan González Castaño dio con
un documento que probaba que Albudeite fue respetado en la expulsión general de
los moriscos. “No se sabe por qué razón, pero la cuestión es que aquí se quedó
el pueblo entero”, explica el estudioso, que especifica que esto no sucedió en ningún
otro lugar de la Península.
Murcia fue el último lugar en
expulsar a sus moriscos. La conquista se había producido en 1.252 y los
descendientes de musulmanes estaban muy asimilados. Ello hizo que desde los
estamentos del reino se mandaran súplicas a Felipe II para que les permitiera
quedarse, porque la mayoría eran católicos practicantes y tenían buena vecindad
con los llamados cristianos viejos. Por esta razón, la expulsión general de
1.609 y 1.610 los respetó, pero el rey, presionado por una parte de los
intransigentes del Consejo Real y, de otra, por los defensores de los moriscos,
mandó en 1.612 a un dominico (la orden de la Inquisición), Juan de Pereda, para
que informara sobre la conducta de los descendientes de musulmanes. El fraile
recorrió durante dos meses muchos de los pueblos donde había mudéjares y
entrevistó a centenares de personas. Comenzó en el Valle de Ricote (1), poblado
casi enteramente por antiguos musulmanes (Cervantes llama, justamente, Ricote
al morisco que aparece en el Quijote), y siguió el curso del Segura hasta
Murcia. El dominico contabiliza que en Albudeite había 312 mudéjares y sólo
seis cristianos viejos. El fraile señala tonillo en los habitantes de Priego
–“donde hay 935 mudéjares y 59 cristianos viejos”-, Fortuna –“684 mudéjares y
54 cristianos viejos”-; “en este lugar se conoce algo más el tonillo de
moriscos y también retienen el modo de llorar a los muertos” (otro signo
musulmán) y en el Valle de Ricote encuentra el tonillo en todos los pueblos.
Concretamente en Ricote y en Ojós “dicese desta gente que tienen más tonillo
que otros y que en el comer tocino se excusan más que en otras partes”. A pesar
de estas reminiscencias, el dominico concluyó que “a mi parecer hay
bastantisimo testimonio para darlos por buenos cristianos y fieles vasallos de
Su Majestad”. Con todo, los moriscos murcianos fueron expulsados a principios
de 1.614. Juan González Castaño, que ha publicado el informe de Juan de Pereda
explica que “muchos se quedaron camuflados; otros, protegidos por señores y
convecinos; otros profesando en conventos deprisa y corriendo…y otros volvieron
al cabo del tiempo y reclamaron sus tierras y demás posesiones”. Una mayoría se
refugió en el reino de Valencia y luego regresaron a Murcia, donde un informe
de agosto de 1.615 explicaba que “hay tantos que parece que no se ha hecho la
expulsión”. Esto fue general en todos los reinos peninsulares, donde, sumados a
los convertidos de antiguo, se quedaron muchos más de los que se fueron.
En lugares como las
Alpujarras, Gerald Brenan constató que a principios del siglo XX conservaban
muchas de sus viejas tradiciones.
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