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Friday, February 24, 2017

Los moriscos que no se fueron

Pruebas



Los moriscos que no se fueron

Autora: Elena Pezzi



La palabra “maño”, según el Diccionario de la Real Academia, designa, figurada y familiarmente, “aragonés”, como primera acepción, pero también se encuentran, como particulares de Aragón y Chile, las de “hermano” y “expresión de cariño entre personas que se quieren bien”.

Se dice también “vestirse de maño” al hablar de la indumentaria popular de esta región, de indudable origen morisco toda ella, como también parece ser árabe la palabra “jota”, su canto nacional.

Como introducción a este estudio, haremos un breve repaso histórico de la población mudéjar y morisca en Aragón, que nos sirva de base para buscar un posible origen de los maños, y, después, un estudio etimológico de esta palabra, para tratar de confirmar nuestra tesis sobre el entronque de los maños con los descendientes de los moriscos aragoneses.

A partir del año 1170, en que, tras la conquista de Teruel por el rey Alfonso II, termina propiamente la reconquista aragonesa, los musulmanes que permanecieron en Aragón formaron un grupo compacto establecido principalmente sobre las orillas del río Ebro y en los valles inferiores de sus afluentes de la derecha, siendo muy numerosos también en la provincia de Huesca.

Según las palabras de María Jesús Viguera, con las que termina su libro Aragón musulmán: “Hay evidencia de que la población musulmana sometida continuó, en su mayor parte, en las tierras de la antigua Marca Superior ahora bajo el poder cristiano, pues los lugares principales se sometieron por capitulación. Esta población fue bastante densa en la zona de Tudela, en los cursos del Ebro y el Jalón, y en el Bajo Aragón, y superaba a veces en principio a la cristiana. Todo esto trajo consigo la perduración de algunas estructuras de la vida musulmana, y su incorporación a la esfera cristiana en términos administrativos, artesanales, sistemas de riego y de cultivo… pero la situación mudéjar y luego la morisca son ya otra historia.

Fue sobre todo el elemento popular de la población musulmana el que permaneció bajo el dominio de los conquistadores: en su mayor parte, fue la gran masa del pueblo campesino que siguió cultivando las tierras, algunas veces como propietarios de ellas, otras veces, las más, como siervos o colonos de los nuevos amos; también se quedaron como mudéjares o “tributarios”,los pequeños industriales y artesanos, albañiles, alarifes, alfayates, alfareros, borceguineros, zurradores (nombre árabes que quedaron para siempre en las lenguas hispánicas), establecidos, principalmente, en Zaragoza, Huesca Calatayud y Teruel.

Los sarracenos o moros, como son llamados en los documentos (nunca se les llamará mudéjares), eran conocidos en Aragón desde muy antiguo como maurí captí, “moros cautivos o prisioneros de guerra”.

A partir de la expansión cristiana por tierras aragonesas se sumarán a aquellos también los maurí pacis, no capturados sino rendidos por capitulación, los cuales constituirán una inmensa mayoría, que continuará ejerciendo sus ocupaciones habituales, las mismas que desarrollaban antes de la conquista.

En 1099, Pedro I concede a los moros de Naval, que facilitaron su ocupación por los cristianos, diversas exenciones económicas, aparte de conservar la plena propiedad de sus inmuebles y la libertad religiosa. Esta comunidad duró hasta la expulsión de los moriscos en el 1610.

Los jueces municipales del siglo XII tienden a la equiparación jurídica de cristianos, moros y judíos. Jaime I dispuso, en 1242, que judíos y sarracenos podían convertirse libremente, prohibiendo que se les moteje de renegados, tornadizos o con palabras injuriosas semejantes.

Las Cortes de 1301 ordenaron que los moros llevaran un signo exterior, procurando que en su hábito pudieran ser distinguidos adecuadamente de los cristianos, fuera de su barrio, y por el que se reconociese su condición diciendo:



“Porque los moros de Aragón no van signados, antes van a manera de cristianos, por la qual cosa muytos pecados et scandalos se siguen et muytos no son conocidos por moros”



Estas palabras demuestran la fusión de ambos pueblos que lentamente se iba verificando.

Se les había obligado a afeitarse la barba, a cortarse mucho el pelo, en redondo, de acuerdo con costumbres, y además, en las Ordenaciones de la Pahería de 1436 izquierdo, una señal, consistente sus antiguas en una pieza de tela cosida, en forma de lengua de buey, color rojo o amarillo; en verano este signo se cosía sobre el calzón ancho o “zaragüel” (en catalán “saragüell”, del árabe sarawîl), única prenda que llevaban, junto con la camisa, un chaleco (negro o aceitunado para el trabajo, y rojo,, naranja o de otro color chillón para las fiestas) y una faja amplia a la cintura (gris para los días de trabajo, y rojo o blanco para los días de fiesta). Calzaban alpargatas, sobre las piernas desnudas, sin medias. La cabeza cubrían, en principio, con un turbante, pero luego éste se redujo a simple pañuelo, anudado sobre la sien, de la misma manera que se ha seguido llevando por los agricultores de la zona hasta hace muy poco tiempo. En invierno se cubrían con una capote de lana o capa corta, nunca hasta los pies. Todas estas prendas eran usadas aún a finales del siglo pasado, a pesar de que a partir del año 1500 habían sido prohibidas a los moriscos, convertidos de forma forzosa.

Las mujeres moriscas llevaban faldas de mucho colorido, especialmente en las fiestas, semejantes a las que después se denominaron de “tela de casulla”, en finos tejidos de seda, con bordados de rica decoración, sobre todo con temas florales.

En los documentos medievales cristianos se hace referencia a las ocupaciones que durante varios siglos tuvieron estos mudéjares: algunos ocuparon cargos en las aljamas, pues existía una minoría culta, con funciones religiosas, judiciales y administrativas, como teólogos coránicos, letrados, Juristas, escribanos o médicos; pero la mayor parte eran simples agricultores de huerta, muy entendidos en ello y expertos en regadíos, cultivando tierras de los grandes señores cristianos, o bien eran buenos artesanos, como tejedores, sastres, herreros, espaderos, arcabuceros, ballesteros, guarnicioneros, zapateros (borceguineros), alfareros, caldereros, carpinteros (fusteros), yeseros, escultores, albañiles (aljeceros) y Maestros de Casas, que mantuvieron la tradición de la artesanía morisca y sus motivos decorativos, como la arquitectura “mudéjar”; también era importante el gremio que formaban los mozos llamados “raíces” (corrupción de “arraez”, del árabe ra ‘is, ‘capitán de barco’), que monopolizaban el tráfico fluvial por el Ebro, o el oficio de los fabricantes de pólvora, que compraban el salitre en Zaragoza y la vendían, principalmente en Valencia, para las fiestas, celebradas siempre con bailes, hogueras y juegos de “polvoristas”. Casi todos eran analfabetos, o con un muy escaso conocimiento de escritura árabe, estudiada en las escuelas coránicas que existían en cada aljama, para la lectura del Corán.

Cuando en 1502 los Reyes Católicos, después de la rebelión de las Alpujarras, decretan la salida del territorio español de todos los moriscos no bautizados, son exceptuados de esta expulsión los moriscos del reino de Aragón, debido a las súplicas de sus propios señores, por el duro golpe que representaba para sus economías la despoblación masiva que hubiera supuesto para comarcas enteras de este reino.

En 1519, las Cortes del reino de Aragón, reunidas en Zaragoza firman lo acordado en las Cortes de Monzón de 1510, de no modificar el ”status” del 1502, y Carlos I juró respetar la exención de expulsión de los moriscos de este reino.

También las Cortes de Monzón de 1518 acordaron una serie de disposiciones de tolerancia para los moriscos de los territorios de la Corona de Aragón, según los deseos de la mayoría de los señores que intercedían a favor de los moros establecidos en sus señoríos. Sin embargo, se acordó suprimir las morerías, conservadas desde la reconquista, y se mandó que los nuevos conversos vivieran mezclados con los cristianos viejos, sin restricción alguna en su derecho de fijar su domicilio en cualquier lugar.

Es interesante el hecho de que la población campesina aragonesa que trabajaba por cuenta ajena estuviera dividida en dos categorías, determinada por su procedencia: los siervos de origen cristiano eran llama mezquinos, los de origen moro exaricos; lo curioso es que para ambas nominaciones se emplease una palabra árabe: miskin, ‘pobre, indigente´ as-sarik, ‘aparcero’, lo cual prueba la difusión de la lengua árabe entre los mismos cristianos.

La Inquisición aragonesa, que fue muy rigurosa con los criptojudíos fue sin embargo muy tolerante con los criptomoriscos, que sufrieron pocas persecuciones, quizás por la protección de sus poderosos señores, a quienes les interesaba que se les respetase, a pesar del convencimiento de que la mayoría de los nuevos conversos continuaban practicando ocultamente sus ritos y creencias; su conducta ante el ritual católico no dejaba lugar a dudas: no se arrodillaban ante el Santísimo, huían de las predicaciones incluso practicaban actos de ofensa de los cristianos y de su religión, con actos sacrílegos o hablando durante las ceremonias. Bien es verdad. que, con los años, después de las expulsiones, estas prácticas se fueron perdiendo aunque hay constancia de que aún quedaban restos de ellas en el siglo XVIII, y probablemente hasta más adelante, como parecen demostrar los hallazgos de libros aljamiados en antiguas casas moriscas.

El criptomorisco usaba habitualmente un doble nombre: uno oficial como cristiano, acompañado de un apellido que, generalmente, era un nombre de santo o de oficio, y otro nombre árabe familiar, doméstico, que con el tiempo pasó a ser apodo de su casa o familia. Pita Mercé afirma que en los pueblos de las zonas moriscas leridanas se hallan apodos antiguos de casas del país, que son adaptaciones de las denominaciones árabes que usaban sus ascendientes moriscos.

También hace hincapié Pita Mercé, respecto al carácter de los moriscos, que su trato externo era poco cortés y respetuoso, siguiendo la tendencia morisca de hablar a gritos y con formas poco correctas; trataban, con poco respeto a las autoridades cristianas, a las que tuteaban, conforme a la práctica musulmana de tutear a todo el mundo, costumbre que, por herencia, aún conservan los descendientes de moriscos del Bajo Segre y del Bajo Cinca, así como también otras cualidades que les eran características, como la poca afición al alcohol, distinguiéndose por su amor al trabajo, su frugalidad, y su buena administración, no malgastando su economías, son formales en sus tratos y cumplen en general la palabra dada en los contratos y pactos, que raramente escriben. En estos pueblos de ascendencia morisca abundan muy poco los borrachos, los jugadores, malhechores o mendigos y en general todos sus vecinos son personas honorables y hacendosas.

Es difícil hacer una evaluación de la demografía de las diversas zonas preponderante de población morisca, tanto en el territorio aragonés como en el catalán, pues se observan muchas anormalidades en los censos que se fueron haciendo sucesivamente, probablemente por el deseo de encubrir oficialmente a muchos moriscos, cuya expulsión se quería eludir. Los mismos señores, cuyas tierras trabajaban, los hacían constar como cristianos, no para protegerlos sino también para que tributasen menos y así eludir las cargas fiscales. Cabezudo Astrain cita 36 nombres de pueblos o aldeas que estaban habitados exclusivamente por moriscos.

Entre las opiniones consultadas en 1610, para valorar el hecho de la Expulsión incluso de los hijos de los moriscos aragoneses, merece destacarse las omitida por Fray José González, por la mesura de sus palabras:



“Es derecho natural y divino según el común sentir de los doctores que los inocentes por ningún caso ni causa deben ser condenados. Solo en el caso cierto de peligrar una república se podría hacer por ser el menor de los males”.

“Son los moriscos de Aragón menos que los de Valencia y Andalucia, y gente muy pobre y miserable: no se atreverán á menear; y cuando lo hagan y quieran algunos de ellos amotinarse, no basta eso para que de ahí resulte tanto peligro ni para quedar en tanto aprieto como es menester para justificarse la condenación de tantos inocentes

“No basta decir que no es castigarlos sino permitir que se vayan, y permitir un mal que se pueda evitar es lo mismo que cometerlo”.

“Estos niños inocentes, por el mismo caso que están bautizados están debajo del amparo de la Iglesia, cuyos hijos son más que de sus propios padres”.



En la carta dirigida al rey por D. Manuel Ponce de León, el agosto de 1609, aconsejando los puntos más fundamentales para la construcción de fortalezas, en previsión de posibles levantamientos moriscos se hace hincapié en la preferencia que debe darse a la defensa de la costa mediterránea, especialmente la de Valencia y Cartagena, por estar situada “ muy cerca de Berbería”, pues aunque la colindancia de Aragón con la frontera francesa también entrañaba algún peligro, afirma: “Los moriscos de Aragón son según he entendido en mucho menor número”; recomienda también extremar las medidas de precaución en el comportamiento de los moriscos, con prohibiciones más severas: que no se les consienta otro oficio que el campo, que no se les permita caminar de unos lugares a otros. A los que se casen se les imponga un tributo tan alto que sea éste fuerte obstáculo para ello y que no se les conceda ninguna dispensa consanguinidad en ningún grado (aunque sí advierte la conveniencia favorecer los matrimonios con cristianos viejos), que no se les permita a los señores la composición en delitos criminales, sino que todas las penas se cumplan en galeras, aunque, si son moderados, puedan conmutarse por trabajos en las minas, y que, en ningún modo se les permita el uso de la lengua árabe; lo que ciertamente resulta incongruente, y más bien podría decirse un tanto cínico, es que, tras estas recomendaciones, sugiera al rey que dé nueva orden a los señores de vasallos para que “los traten con toda apacibilidad ó blandura, para que en ningún tiempo tengan disculpa por estas causas de intentar ningún desacato”.

Cuando en 1610 toda la población morisca española se vio obligada a emigrar, de Aragón salieron cerca de 61.000 moriscos, que debían embarcar en Los Alfaques, es decir, más del 15 % de la población total del reino según la estadística hecha por Henri Lapeyre; entre estos moriscos no se encontraban los de Fraga, que, por medida especial de protección, fueron expulsados más tarde, probablemente por la influencia del Marques Aytona, encargado por el rey de hacer cumplir las medidas de expulsión, para intentar salvar del exilio a los más posibles de sus súbditos moriscos por lo cual en el Bajo Segre y el Bajo Cinca quedaron de hecho muchos morisco.

Pita Mercé da la cifra de 4.000 deportados del país leridano, pero indica que probablemente muchos de ellos desaparecieron en el viaje que los llevaba hasta la costa, dedicándose a partir de ese momento al nomadismo o estableciéndose en otros lugares donde no fueran conocidos, afirma:



“En realidad, creemos que los cristianos nuevos de origen morísco del país leridano que cumplieron efectivamente la orden de expulsión, fue solamente la tercera parte del total de los existentes, es decir los más conocidos y distinguidos entre ellos por su carácter de moriscos…; pero entre los moriscos pobres, más o menos adaptados a la conversión, fueron mayoría los que bajo pretexto de una u otra consideración se quedaron en el país. Sólo esta permanencia de más de la mitad de la población morisca del Bajo Segre y del Bajo Cinca, puede explicar los rasgos moriscos que afloran hasta hoy en la población actual de dichas comarcas. Creemos que, en 1610, en la zona leridana habría un total de 10.000 moriscos o más y de ellos, solamente unos 4.000 salieron para el destierro”.



Sobre la demografía morisca del Bajo Segre en 1610, Pita Mercé da los siguientes datos: Aytona con 724 moriscos, de los que salen expulsados 644; Serós 783, de los que salen 718; en la comarca de Flix son unos 33 los que se salvan oficialmente, de 784 censados en Ascó, 260 en Flix y unos 315 en Ribarroja, no habiendo ninguna expulsión en otras muchas poblaciones. Para la comarca del Bajo Cinca se dan las siguientes cifras de población morisca: Mequinenza 260, Fraga 245, Albalate 190, Alcolea 45, pero no los hay oficialmente en otros muchos pueblos de gran raigambre morisca. Algo semejante ocurre en la comarca de Caspe, de donde solamente salen 740 de esta ciudad y ninguno más entre los pueblos de su comarca. En la comarca de Alcañiz, la situación que da es la siguiente: Calanda 1.905 moriscos, la mayor parte de su población, y Foz Calanda con 440, siendo inexplicable la no constancia de moriscos en Alcañiz, sólo justificable por el hecho de que éste fuese un señorío inatacable, por la influencia eficaz de su señor, como es el caso también de los moriscos de la comarca de Tortosa. En la comarca de Pina-Sástago, al sur de los Monegros, se da oficialmente lo siguiente: Gelsa 1.655 moriscos, Sástago 850, Alborge 540, Escatrón 420, Pina 460, La Zaida 305 y Cinco Olivas 280, de los demás, tan moriscos como Azaila y Alforque, no se tienen datos. En la comarca de Elijar: Puebla de Híjar 2.035, Urrea de Híjar 2.005, Híjar 705, Samper 550 y Jatiel 225. En la comarca de Barbastro: Naval 275, Pueyo 80, Ripolí 65, Barbastro 15 y Enate 15, cifras muy bajas, quizás debido a la influencia del Obispo de Barbastro, según el testimonio de Aznar Cardona, por lo que no cabe extrañarse de que no aparezcan tampoco en Monzón, Binéfar, Binaced, Alfantega y tantos otros.

Todavía en 1613 es preciso que se publique una nueva Real Cédula, dirigida a los virreyes de Aragón, Navarra, Valencia, Cataluña y Portugal, y a las justicias de Castilla, para que se cumplan estas ordenanzas de expulsión, que no acaban nunca de cumplimentarse, en la cual se dice, para justificar la reiteración de las disposiciones:



“… Y aviendo ahora entendido por relaciones muy ciertas y verdaderas, que me han embiado personas fidedignas y zelosas de mi servicio y del bien público, que buelven a estos Reynos muchos moriscos de los que ya havian salido dellos, y que no salen ningunos de los que para irlos expeliendo avian quedado…”

“… Y porque he entendido que una de las principales causas que ha avido para bolverse tanta gente de los moriscos, ha sido las muchas licencias que se han dado por diversos tribunales y personas, para quedarse a títulos de viejos y otras causas de que han informado con siniestras relaciones y probanzas falsas..:”



• Estudio etimológico:



Ante todo, hemos de tener en cuenta que las etimologías dadas hasta ahora para la palabra “maño” no pueden considerarse como plenamente satisfactorias, ni aún como meramente aceptables. Los profesores Coromínas y Pascual la consideran como de origen incierto, no aceptando su derivación, por aféresis del vocablo “hermano”, sugerido como étimo, por la dificultad de explicar la aparición de la ñ, ni tampoco les parece verosímil que venga de magnus, por no ser pertinente el paralelo semántico.

Por otra parte, la abundancia de términos árabes usados popularmente en Aragón, debida a la importancia que en este reino tuvo la población mudéjar y morisca, durante los siglos XII al XVI, permite que pueda ser aceptable la adjudicación de un étimo árabe para este vocablo, usado especialmente para designar a los hombres y mujeres del pueblo aragonés.

Pienso que este étimo es un vocablo árabe que cumple todos los requisitos fonéticos y semánticos para ser aceptado como tal: éste es el caso de la voz ma’nuw, ‘cautivado, sometido, humillado’, la cual, por el efecto del sonido gutural del ‘ayn sukunado, habría de sonar vulgarmente como *magnu o *mannu; en ambos casos, la resultante sería siempre la aparición de la ñ romance, para pasar a ser “maño”,tras una forma arcaica “mañó”, que todavía se conserva como apellido, especialmente en el reino de Valencia, en donde encontramos tanto Maño como Mañó, y también Mañé; en Tarragona también se encuentran los apellidos Munné y Monné, sin duda emparentados en su origen con los anteriores, según veremos más adelante.

Es interesante, a este respecto, la forma popular recogida por Corominas, como frase habitual entre baturros: “oye, máñooo; qué haces, máñaana”, en donde, a pesar del acento gráfico sobre la a de la primera sílaba, se ha alargado la segunda con las tres oes o las tres aes, como un recuerdo vivo de la primitiva terminación árabe en una u larga seguida de waw, lo cual equivaldría también a un sonido uuu.

Pues bien, esta palabra ma’ nuw es el participio pasivo de la forma 1 del verbo ‘aná, de la cual nos da Kazimirski los siguientes significados:

Sufrir la cautividad, haber experimentado las penas de la cautividad junto a alguien, entre gentes. Abajarse, humillarse.

Bajo la vocalización ‘aníya significa: – Haber sufrido como cautivo las penas de la cautividad entre extranjeros. .- En general, experimentar pena, sufrir. En la forma II: .- Retener a alguien como cautivo.

El participio activo, ‘;ání, significa ‘cautivo’, y el pasivo de la forma , mu´anná, es traducido por ‘retenido, contenido y forzado a quedar en alguna parte a pesar suyo’. El participio pasivo de la forma , mu´ná significa en Kazimirski también ‘el que está retenido como cautivo’, pienso que éste es el étimo adecuado de los apellidos catalanes, citados anteriormente, Munne’ y Monne’, que vendrían a ser sinónimos de “maño”.

Igualmente, considero que tiene el mismo origen el apellido catala’ Vilademanys, como “Villa de maños”. En documentos catalanes de 1386 aparece mencionado frecuentemente el caballero Bernal de Villa de Manys enviado de Pedro el Ceremonioso en el campo de Tarragona . Ateniéndonos, pues, a todas estas acepciones, podernos deducir una clara conclusión con respecto a la adecuación de este vocablo. También Pita Mercé cita, entre los poblados con exclusiva población morisca que quedaron deshabitados totalmente a consecuencia de las pestes que asolaron la región a finales del siglo XIV y principios del XV, uno llamado Valmanya, que considero que debió significar “valle maño”.

Otras voces se han empleado también en Aragón para designar al hombre sencillo del pueblo, como “baturro”, que tiene un sentido de rústico o el de “matraco”, con el que se denomina en Huesca al campesino vestido con el traje de “maño” , con un sentido también peyorativo, como de hombre zafio, que no sabe desenvolverse.

Igualmente, creo que “matraco” es voz árabe, de la misma raíz que la palabra “matraca” En este caso mítráq, matráqa en el árabe hispano, como vemos en Pedro de Alcalá, cuando cita muchos nombres de instrumento, palabra que tiene el valor de ‘hombre muy taciturno y que tiene los ojos bajos y fijos en el suelo’, actitud normal en el hombre tímido que llega a la ciudad y se encuentra en ella como gallina en corral ajeno; también tiene este vocablo una segunda acepción como ‘vil, despreciable’ que debió de servir para aceptar la castellana de ‘palurdo’, con la que se define también este vocablo.



• Conclusiones:



Creo, sinceramente, que “maño” fue el calificativo que quedó entre los mudéjares aragoneses para designarse entre ellos afectivamente, como compañeros de cautividad, hermanos de infortunio, miembros de un pueblo sometido.

Más adelante, cuando la fusión étnica y religiosa borró esta discriminación, “maño” designó al hombre del pueblo, en general, sin resentimientos de origen, pero conservando el carácter afectivo de hermandad que debió de tener en su primer momento.

La abundancia de léxico de origen árabe que existe en el lenguaje popular aragonés es tan amplia, que hemos de pensar, por tanto, como muy posible un étimo árabe para “maño”. Así mismo, la toponimia árabe es igualmente muy abundante, e incluso aún se conservan en algunas zonas rurales la tradición de muchas canciones moriscas, no sólo por sus temas, en los que se trata de amores entre una cristiana y un moro o de un cristiano y una mora, o sobre alguna historia de un legendario rey moro, sino también por su léxico, en el que se mezclan palabras procedentes del dialecto vulgar de “algarabía” o en forma de “aljamia”, adaptación de las lenguas castellana o catalana a la fonética árabe.

Cita Pita Mercé el caso del pueblo de Chiprana, cerca de Caspe, “cuya población, según fama llegada hasta hoy, es toda ella de origen converso, no se sabe bien en el país si son moriscos o judíos, y que hasta pocos años, vivía muy aislado y con características y costumbres muy propias, que hacen pensar en una comunidad morisca que ha sobrevivido hasta este siglo, salvándose de la expulsión, como tantos otros moriscos aragoneses individualmente”.

Considera este mismo autor que “es posible que en estos pueblos las predicaciones de San Vicente Ferrer, lograran una masiva y sincera conversión de toda su población morisca, que se debió integrar totalmente en el resto de la población y con ello desapareció en dichas localidades el problema racial y político de los moriscos como minoría individualizada y autónoma”. Según Cabezudo Astrain, las conversiones fueron muy frecuentes desde principios del siglo XVI, y éstas debieron ser sinceras pues en el Archivo de la Inquisición aragonesa se encuentran rarísimos procesos contra moriscos conversos.

Si nos atenemos a los documentos conservados sobre la actuación de los inquisidores, según los datos recogidos por Blázquez Miguel, podemos recoger sus palabras: “En toda España, desde 1540 hasta 1614 se procesaron, como mínimo, unos 9.600 moriscos. Si consideramos su número unos 320.000, el porcentaje es muy bajo y hay que considerar que la mitad lo fueron por los tribunales de Valencia y Zaragoza”

Se conocen casos como el del morisco Farax el Gali, que recibió el nombramiento de Maestre Mayor de la Alfarería, transmisible a sus herederos que se quedaron en Zaragoza después de la expulsión, convertidos, pues consta en los documentos que contrataban ya sin la denominación “moros” y con nombres cristianos. Entre las familias distinguidas de Zaragoza, de origen morisco, pueden citarse, además de los Cali, a los Xama, los Brea, los Ambasil, Los Allobar, Los Ceuta, y otros más.

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Moriscos por Abdfatah Checa








Moriscos por Abdfatah Checa

Hoy de nuevo los andaluces somos expresión viva de la pluralidad y el dialogo, del legendario enriquecimiento entre todos los pueblos y culturas, de todas las ciencias que engrandecieron Al-Andalus: Andalucía, tras largos y oscuros años, ve de nuevo brotar el recuerdo de los moriscos olvidados, tras siglos de represión y mentiras.

Para nosotros recobra la memoria histórica de nuestro pueblo, es un gran paso. Los vencedores escriben la historia, la pretendida objetividad de las ciencias sociales es una frágil norma conculcada cuando lo exigen los intereses de las clases dominantes, ya sean económicas, políticas, religiosas o intelectuales. Tal es el caso de la historia y muy especialmente, la de España.

Al parecer hay cosas que, en castellano, no se puede decir, sin embargo, hay que decirlas o no saldremos  nunca de esta ficción abstracta que quiere imponerse como la única historia de España.

Muchos escritores de los siglos XIV, XV, XVI, eran conversos provenientes del Islam y del Judaísmo: Sem Tob, Juan de Mena, Juan de Lucena, Hernando del Pulgar, los poetas del Cancionero de Baena y el propio Alfonso de Baena, Diego de Valera, Fernando de la Torre, Rodrigo Cota, Teresa de Cartagena, Alonso de Cartagena, Fernando de Rojas, Juan Álvarez Gato, Diego de San Pedro, Luis de León, Miguel de Cervantes, Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, Antoninette loupes y la madre de Montaigne.

Domingo Ortiz,  en su listado de  conversos, nos da más nombres de algunos de los más importantes: Benito Arias Montano, Antonio de Lebrija, Alonso Fernández de Palencia, Alonso Fernández de Madrigal, el Tostado, Hernando de Talavera, Francisco Sánchez de Brozas, el Broncense, Francisco de Encinas, Baltasar Grancián, Huarte de San Juan, Luis de Góngora, Andrés Laguna, Nicolás Oliver y Sullana, Miguel Server, Mateo Alemán,y Bartolomé de las Casas.

Después de las matanzas las prohibiciones, los descendientes de los andalusíes que siguieron habitando estos territorios se convirtieron o se disfrazaron, pero la clase más ilustrada de los demoníacamente llamados cristianos nuevos no tuvo ningún otro lugar que los espacios de la cultura: la escritura, la enseñanza, la traducción. Tuvieron la delicadeza de dejarnos lo que Fray Luis de León denomino “la corteza de la letra”, el esplendor de las palabras.

Los argumentos, en que queremos fundamentar,  la permanencia  de los moriscos en la vida de Andalucía y de toda la Península Ibérica, después de la supuesta expulsión, es  difícil de resumir en un solo artículo, y por ello sugerimos al lector que los evalué, por si mismo.

Queremos introducirnos en el tema, viendo la visión que tenía Pedro de león  sobre los moriscos, y en concreto los de la Alpujarra, de los que escribió en 1615 y 1616. El recorrió la Alpujarra en dos ocasiones distintas. Para él los moriscos eran trabajadores, misericordiosos, honrados, profundamente buenos, ejemplares hasta la leyenda.

“Porque lo uno de ellos, eran fieles, que no tomarían ni una castaña de su vecino por todo lo del mundo, y a tanta verdad esto (como nos lo contaban los que habían criado con ellos, y se habían quedado en los mismos pueblos, como ganaderos y principales pobladores) que si tenían  los moriscos las huertas juntas y cargaban las ramas de su nogal sobre las de su vecino, cuando lo iba a coger, conocían las  que eran del suyo y cuáles las del vecino, y estándoles cogiendo arrojaban hacia el nogal o castaño del vecino las que le parecían que eran del otro, y echándolas decían: no hace mi merced Dios con las del vecino. Y en otras cosas de hurto por maravilla eran cogidos en ellas. Pues en lo que es misericordiosos y compasivos, es cosa de admiración cómo es compadecían de los menesterosos y necesitados, saliendo por los caminos con la caldera de las gachas y el pan para darles a los que venían hambrientos, pordioseros, y si enviudaba la otra que rea su vecina le decía el morisco vecino: señora, aquí estar yo que hacer los mandados, y les llevaban el pan al horno y les traían de la plaza lo que habían menester”.

Pedro de León no escribe sobre referencias indirectas, sino de su misma experiencia. Cuando la sublevación de los moriscos, la noche trágica del 24 de diciembre de 1568, él era novicio de la Compañía de Jesús en Granada. El vivió toda aquella compleja situación. No era además Pedro de León fácil y precipitado en sus juicios. Como lo demuestra a lo largo de su extensa obra, siempre se manifiesta inteligente, libre, objetivo y de una firme y fuerte personalidad.

Son muchos los cronistas e historiadores de la época y posteriores que escriben  sobre la permanencia de gran número de moriscos en Andalucía y en toda España.
Bernard Vincent: nos dice con respecto, a la llamada repoblación del último territorio musulmán, el reino de Granada.

”……..las gentes del norte apenas si acudieron, exceptuando un gran contingente de gallegos de la región de Orense que no pudieron resistir la terribles condiciones en que se efectuó el traslado. La repoblación fue un asunto entre vecinos. Los grupos más numerosos procedían de las actuales provincias de Córdoba y Jaén, venían después de Murcia, Sevilla, Valencia y ciudad Real, sin olvidar a los hombres procedentes del reino de Granada, que representan del 10 al 15 por 100 del total. De esta situación, fue necesario dar una mayor elasticidad a los reglamentos y admitir no sólo a granadinos, sino también a solteros e incluso a adolescentes hijos de repobladores, a los que se emancipaba urgentemente. Se traicionaba de este modo el ideal, y los responsables de esta operación, desilusionados, observaban cómo “la escoria” de España invadía el reino de Granada….”

¿Acaso esos repobladores venidos de toda Andalucía, Murcia, Valencia etc, no son ellos mismos moriscos y por lo tanto hijos de conversos, con ganas de cambiar de vida y de residencia y escapar de ese mundo, de miseria al que estaban sometidos?

Felipe III expulsaría a muchos moriscos, que no a todos, ya que por decreto todos los moriscos menores de siete años, deberían ser abandonados por sus padres, en manos de la iglesia para continuar así su adoctrinamiento cristiano en España. En total nos dicen las crónicas de la época, que de toda Andalucía salieron solo 30.000 moriscos (Unos 300.000 de toda España).Numero muy insignificante, para la población morisca de Andalucía y de España, en esos momentos. El Profesor. Domínguez Ortiz, dice en su estudio sobre “Felipe IV y los moriscos”:
“… quizás sorprenda a quienes están acostumbrados a pensar que después de la expulsión decretada en 1609 cesó de existir una población morisca y un problema morisco. Es sabido, sin embargo, que las repercusiones de tal medida se hicieron sentir durante mucho tiempo, y que, a pesar del rigorismo oficial, un cierto porcentaje, difícil de evaluar, de la población morisca permaneció en nuestro suelo. Muy apegados al terruño (como corresponde a un pueblo de mentalidad campesina) los moriscos hicieron esfuerzos inauditos por eludir el destierro, ya acogiéndose a lugares montañosos y distantes, ya tratando de obtener certificados de cristiandad de los prelados, ya ofreciéndose como esclavos a los cristianos viejos, pues les causaba más dolor perder su Patria que su libertad personal”.

Celestino López Martínez sitúa, como consideraciones finales, en su libro Mudéjares y moriscos sevillanos, que corroboran igualmente la pervivencia de los moriscos en Andalucía y en toda  España:
“Fracasado el propósito firme de unificar creencias religiosas mediante la conversión en masa de mudéjares al cristianismo, y bien probado en los moriscos el anhelo de restauraciones políticas con el auxilio de sus hermanos de allende, no hubo otro remedio en garantía de la paz interna y del sosiego exterior del Reino que decretar la expulsión de los moriscos..”.
“El total de los expulsados sin restar el crecido número de los que volvieron, pese a lo dispuesto en contrario, no perturbó por lo reducido al medio millón de moriscos que permanecieron tranquilos en sus hogares, ni menos ocasionó baja sensible en la población de nuestra Patria...” ,  “...y llegaremos a convencernos de que la expulsión de los moriscos no despobló a España; cual, acaso sin advertirlo, declaró Moncada al decir que vinieron otros tantos extranjeros como fueron los moriscos expulsados”.

Cuando este autor habla de la obra de Lafuente, acerca de los barros vidriados sevillanos, afirma:

“... nos enseña que los alfares trianeros sumaba treinta a fines del siglo dieciseis y años después de la expulsión se elevaron a ochenta y dos”.
Y luego continúa, con palabras tal vez un tanto apasionadas:

“Creemos que los moriscos expulsados de España no fueron maestros ni siquiera oficiales de ningún arte ni industria, sino obreros manuales propicios de continuo a intervenir en conjuras y asonadas, tal vez en desquite de la vejatoria situación política y económica que padecían. Los mudéjares y moriscos de calidad, los que mostraron singular ingenio y suficiencia en el ejercicio de profesiones liberales, en las artes de la construcción y decorativas, y en las industrias agrícolas continuaron tran­quilos en sus hogares, fábricas, talleres o cortijos, amparados bajo el título de auténticos cristianos nuevos... “
“Es lo cierto que en tesis de tanta monta han menester nuevas investigaciones documentales, copioso y discreto cotejo de testimonios bibliográficos antiguos y modernos, y hondas exploraciones en la vida social y en las costumbres populares de villas y aldeas apartadas, que son los archivos donde más y mejor se perpetúan las tradiciones indígenas de todo orden…”.
Sobre la importancia de la artesanía morisca, son muy expresivas las palabras de Gestoso, que recoge Domínguez Ortiz:
“Puede asegurarse que en manos de mudéjares y moriscos estuvo principalmente la producción artístico-industrial durante los siglos XV y XVI... Moriscos eran los alfareros que bajo el disfraz de nombres cristianos poblaban los barrios de Sevilla, siéndolo también los que en pobres viviendas producían riquísimas telas, labrados cueros, artísticas obras de metal, de cobre o de plata, armas, jaeces de caballos y demás objetos de arte suntuario; dedicándose también a las industrias vulgares, a la labor de los campos, y explotando, en suma, todas las fuentes de la producció”.

El Conde de Salazar fue designado por el Rey Felipe III en 1610 para dirigir las operaciones de expulsión de los moriscos de la Corona de castilla, tarea que el Conde desempeño con particular celo. Cinco años después de los primeros bandos de expulsión en Castilla, y cuando se da por terminada su misión, Salazar lanza repetidas llamadas al rey y al Duque de Lerma alarmado por el gran número de moriscos que vuelve a sus lugares de origen.


Carta del Conde de Salazar a S.M. fecha en Madrid a 8 de agosto de 1615 
“Señor:

En un papel del Duque de Lerma del 31 del pasado me manda Vuestra Majestad que vaya dando cuenta del estado que tuviere la expulsión de los moriscos por que tenga efecto lo que está hecho y, aunque yo he quedado con mucha menos mano en esto que la que Vuestra Majestad mandó que tuviese cuando la ejecución de esta obra se remitió a las justicias ordinarias, siempre he dado cuenta a Vuestra Majestad de lo que en esto se ha ofrecido a que nunca se me ha respondido, así entendía que Vuestra Majestad tenía más ciertos avisos por otros caminos que ha sido causa de no haber yo dado cuenta de lo que tengo entendido por relaciones muy ciertas. En el Reino de Murcia, donde con mayor desvergüenza se han vuelto cuantos moriscos salieron, por la buena voluntad con que generalmente los reciben todoslos naturales y los encubren los justicias, procure que se enviase a Don Gerónimo de Avellaneda, que fue mi asesor, como se hizo cuando su Majestad mandó que llevase instrucción mía de lo que había de hacer por la mucha plática que de aquel reino yo tenía, el consejo no quiso admitir esta instrucción y dióle otra tan corta que aunque fue e hizo lo que pudo, no hizo nada, ya que se han vuelto los que expelió, y los que se habían ido y los que dejó condenado a galeras acuden de nuevo a quejarse al consejo en toda Andalucía por cartas del Duque de Medina Sidonia, y de otras personas se sabe que faltan por volverse solo los que han muerto en todos los lugares de Castilla la Vieja y la Nueva y la Mancha y Extremadura, particularmente en los de señorío se sabe que vuelven cada día muchos y que las justicias los disimulan; una cosa es cierta, y es que cuanto a que Vuestra Majestad mandó remitir la expulsión a las justicias ordinarias no se sabe que hayan preso ningún morisco ni yo he tenido carta ninguna de ellas; las islas de Mallorca y de Menorca y las Canarias tienen muchos moriscos así de los naturales de las mismas islas como de los que han ido expelidos, en la corona de Aragón se sabe que fuera de los que se han vuelto y pasado de los de Castilla hay con permiso mucha cantidad de ellos y la que con las mismas licencias y con pruebas falsas se han quedado en España son tantos que era cantidad muy considerable para temer los inconvenientes que obligó a Vuestra Majestad a echarlos de sus Reinos, a lo menos el principal inconveniente, que es el servicio de Dios, se ha mejorado un poco pues de la cristiandad de todos los que digo que hay en esta corona se puede tener tan poca seguridad.

La jurisdicción que me ha quedado es solo responder a las justicias ordinarias a las dudas que me comunicaren y hasta ahora ellos no tienen ninguna de que les está muy bien dejar estar los moriscos en sus jurisdicciones así nunca me han preguntado. Vuestra Majestad según todo esto mandara lo que más convenga a su servicio que la relación que yo puedo dar a Vuestra Majestad, cumpliendo con lo que manda, es la que he dicho.

Con lo que su Majestad me mandó responder a la consulta de los moriscos de Tanger me a obligado a darle cuenta del mal estado que tiene la expulsión de los moriscos por los muchos que cada día se vuelven y por los que han dejado de expelerse, que todos juntos es una cantidad muy considerable; yo habré cumplido con esto con mi obligación y con lo que su Majestad mandó, y holgare mucho que su Majestad tome la decisión que pareciese que más conviene; una sola cosa aseguro a Vuestra Majestad y es que si convino echar a los moriscos de España, después de haberlos echado no conviene dejarlos volver a ella contra la voluntad de su Dueño y que con hacerlo queda deslucida la mayor obra que nunca se ha hecho y se falta al servicio de Dios a quien esta gente no conoce sino para ofenderle. Guarde Dios a Vuestra Majestad los años que deseo”.

Se nos hace evidente por este correo, como por la mucha otra documentación existente, que no se expulsó a gente de otra raza, ya que eran indistinguibles los cristianos de los musulmanes. En otra carta, dice:
“He sabido que los más de ellos no vuelven a sus casas por temor a ser conocidos y denunciados, y como son tan ladinos residen en cualquier parte donde no los conocen como si fueran cristianos viejos.

Para averiguar que son “muy moros” tiene que observar el cargamento que tienen para el viaje, o de lo contrario le es imposible:
No hallé en la visita que hice de sus personas mercaderías y hacienda una brizna de tocino ni ningún vaso con vino, levando como llevaban muchas cecinas de carnero, cabra y macho y siendo el tocino y vino la mejor provisión que si no fueran moriscos podían llevar para su viaje”.
La pena que solicita este Conde de Salazar al Rey para estos que vuelven es la siguiente:
“Supuesto que la pena de muerte en que han incurrido parece inejecutable para tantos, se podría tomar por expedientes que los varones que hubieran venido y vinieren de Berbería o Marsella u otros puertos sean cautivos para servir a Vuestra Majestad en sus galeras, y las mujeres queden también cautivas y sean hacienda (propiedad) de Vuestra Majestad”.

En los mismos términos, que el Conde de Zalaza,  escribe el obispo de Orihuela, Fr. Andrés Balaguer, en un memorial que dirige al rey, el 10 de Marzo de 1610, confirmando la  permanencia de los moriscos.

“En Alicante y toda su huerta quedan muchos moriscos, así pequeños como grandes, así hombres como mujeres, de 20, 30, 40, y 50 años, los cuales han traído como esclavos y los tienen por tales”

Este mismo obispo clasifica en cuatro apartados a los moriscos  que se quedan en su diócesis, dando un total de 306 personas;
Niños moriscos (aunque incluye también en este apartado algunas personas mayores que permanecen sin licencia, en número de 248.
Moriscos que tienen licencia del obispado por haber dado muestras de ser buenos cristianos antes del decreto de expulsión, en número de 47.
Moriscos que han probado ser hijos de cristianos viejos; son 7.
Moriscas casadas con cristianos viejos o que han quedado viudas; son 4.

La  permanencia de moriscos en Andalucía y España, después de las órdenes de expulsión, es un hecho indudable, pues, a pesar de los sucesivos decretos proclamados contra su estancia en Andalucía y en España, muchos de ellos consiguieron mantenerse en estas tierras, que no deseaban abandonar, valiéndose para ello, como hemos dicho, de muy diversas estratagemas. Algunos de ellos, incluso, se mantuvieron ocultos en sus viejas tierras, eludiendo el cumplimiento de todas las disposiciones, amparados por sus mismos señores, que temían perder su valiosa mano de obra, tan experta para la agricultura; y, aún de los que se marcharon, fueron muchos también los que regresaron de nuevo a España, buscando la forma de permanecer en ella subrepticiamente. En este sentido se expresan las quejas de Fr. Marcos de Guadalajara, acerca de la desidia de los responsables de llevar a efecto la total expulsión, y dice:

“En las justicias y personas a cuyo cargo estaba el An­daluzia, Reyno de Granada, y de otras partes, no auia tanta diligencia en expeler los que alli auian quedado, y castigar los que se auian buelto como conuenia”.

También Pedro de Arriola, encargado de la expulsión de los moriscos de Andalucía, se queja del gran número de éstos que regresa, en una carta dirigida al rey, fechada en Málaga a 22 de noviembre de 1610:
“                                           Muchos moriscos de los expedidos del Andaluzia y Reyno de Granada se van  bolbiendo de Berberia en navios de Franceses que los echan en esta costa de donde se van entrando la tierra adentro, y he sabido que los mas dellos no buelben a las suyas por temor de ser conosçidos y denunçiados, y como son tan ladinos residen en qualquier parte donde no los conosçen, como si fuessen christianos viejos”.
Y dice más adelante:
“Y los que quedan se buelben a España y tengo presos cinco que se han atrebido a venir a esta ciudad y estos me dizen que se van bolbiendo todos...”.

Acerca de estas inmigraciones subrepticias, una de las descriciones; más sugestivas es la que hace Cervantes, en su parte II del Quijote (editada en 1615), cuando refiere el encuentro de Sancho con los al parecer peregrinos extranjeros, que pedían limosna cantando, entre los que se encontraba su antiguo vecino Ricote, "transformado de morisco en alema o en tudesco", el cual le refiere sus cuitas, "sin tropezar nada en su lengua morisca, en la pura castellana", diciendo:
“Cómo, ¿y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecino Ricote el morisco, tendero de tu lugar?"... "Finalmente, con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro blanda y suave al parecer de algunos; pero al nuestro la más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estemos lloramos por España; que, en fin, nacimos en ella, y es nuestra patria natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea; y en Berbería y en todas las partes de Africa, donde esperábamos ser recibidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y maltratan. No hemos conocido el bien hasta que lo hemos perdido; y es el deseo tan grande que casi todos tenemos de volver a España, que los más de aquellos (y son muchos) que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la tienen"“ (cap. LIV).

Es interesante en este pasaje la referencia que Ricote hace de Alemania, como país adecuado para establecerse los moriscos:
“Salí como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y aunque allí nos hacían buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia, llegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive corno quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia”
“Ahora es mi intención...pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que sé que están en Argel, y dar trazas como traerlas a algún puerto de Francia y desde allí llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Dios quisiere hacer de nosotros”.

Esta tolerancia alemana hacia los moriscos se debía a la influencia de la Reforma de Lutero; en Francia también habían encontrado buena acogida por parte de los protestantes del Mediodía, en el Bearn y en el Languedoc, pues en el sínodo nacional de Montauban de 1594 se precisa que pueden recibir el bautismo "les enfants de ceux qu'on appelle Bohémes, Sarrasiris 011 Egyptiens”. Vemos, pues, ya mezclados socialmente en Europa a los moriscos con los bohemios y los gitanos, todos marcados entre las razas proscritas.

Cuando la expulsión, Enrique IV había permitido que los moriscos se instalasen en Francia, aunque con la condición (ya que en 1593 había abjurado del protestantismo) de que se adhirieran a la "religión católica, apostólica y romana"; a pesar de la tolerancia religiosa expresada en el edicto de Nantes (1598), muchas familias moriscas prefirieron continuar su éxodo hasta Alemania para "vívir con más libertad", según las palabras de Ricote. Algunos, sin duda, buscarían regresar de nuevo, del modo que, fuera, a España.

En un magnífico trabajo de investigación, de Govert Westerveld titulado. (La expulsión de los moriscos, Blanca,” El Ricote” de Don Quijote). Nos dice.

“Por lo que se refiere a Murcia, las acusaciones de Ginés de Almodóvar (A.G.S., Estado, leg, 245, fol. 89) de que esta provincia estaría llena de moriscos son sin duda exactas y justificadas: 23 lugares de moriscos se han librado de la expulsión y ello gracias a don Pedro de Toledo, marqués de los Vélez, el cual como ya sabemos, era titular de la encomienda de Val de Ricote. Es probable que este informe haya inspirado el del conde de Salazar, que data de finales de septiembre, al menos en parte, pues la carta que le acompaña recomienda no dejarlo caer en manos de don Pedro de Toledo, y trata bastante por extenso la cuestión de Val de Ricote”.

El informe del capitán general del reino el 9 de enero de 1611 dice: “Los de los barrios de Murcia y Molina…están tan ladinos en la lengua, traje, costumbres y tan mezclados con cristianos-viejos que ya se afrentan de que les diga nadie lo contrario y ésta es la mejor calidad de gente. Alcantarilla, Alguazas y Cotillas con las aldeas que están dentro de esta huerta de Murcia, que son las de la segunda calidad, tienen en lo exterior muchos de cristianos que es lo que yo he podido juzgar de ellos. En lo demás veo confusión y que se tiene por menos seguro. Lo del valle de Ricote, Archena, Socobos, Ceuti y Lorqui y de estos por lo peor cuatro lugares de los seis de la encomienda de Ricote y que son: Ojos, Blanca, Abarán y Ricote porque aunque también hay entre ellos algunos clérigos andaban muy mezclados con los de Valencia y se casaban unos con otros; no comen tocino; conservan sus antiguos trajes y costumbres y se dice públicamente que algunos curas han murmurado que nunca les confiesan pecados, aunque yo estuve en Blanca el día de Reyes y les vi acudir a la iglesia con devoción que es cuanto e podido averiguas. Sospecha tengo que muy pocos han dejado de vivir en lo pasado como moros de sus puertas adentro aunque algunos lo disimulaban más que otros”.

Pese al favorable informe del padre Pereda sobre los conversos antiguos, los intransigentes del Consejo Real triunfaron y en octubre de 1613 comisionaba el rey al conde de Salaza para que echara a los mudéjares murcianos.

No obstante, los años que mediaron entre el decreto de 1611 y la orden de 1613 fueron aprovechados por muchos, como dice Boronat para refugiarse en el Reino de Valencia. Pero, perseguidos por el Marqués de Caracena, volvieron a Murcia, donde había tantos en agosto de 1615 “que parece que no se ha hecho la expulsión”, que el Consejo Real habilitó fórmulas para su salida.

“No tenemos las bandas de los moriscos a expulsar, pero creemos que al menos 75% tuvo que salir del pueblo. Vemos que muchos blanqueños se iban a vivir en La Granja, reino de Valencia, cosa sobre la que el historiador  Antonio Rocamora Sánchez, cura de La Granja, no estaba al tanto. Otros se fueron a Mallorca. Los moriscos blanqueños tuvieron permiso del Conde de Salazar de irse a otros reinos de España y más de uno se aprovechaba de esta autorización. Gracias a una política más liberal del Felipe IV en 1624 los moriscos no fueron más perseguidos y pudieron volver a sus lugares natales. De esta forma muchos entraron otra vez en Blanca y el resultado fue que los cristianos, que las autoridades murcianas habían puestos en Blanca para el control, salieron poco a poco de Blanca. De esta forma el pueblo otra vez volvió a ser un pueblo morisco igual como antes de la expulsión”.

De  la permanencia de los moriscos, en Andalucía y el resto de España, hay gran cantidad de datos por ejemplo. La comunidad morisca de las cinco villas del Campo de Calatrava, sabemos que, aunque solicitaron enérgicamente el ser eximidos de la expulsión, exhibiendo privilegios que les habían concedido los Reyes Católicos, no les valió nada, pero posteriormente el regreso fue masivo, y, según los datos que han podido ser recogidos, de Villarrubia, de 730 moriscos expulsados en 1612 habían regresado 600, y ese mismo año habían vuelto a Almagro 800 moriscos. Tal era la situación que se ofrecía, que en 1624 fue otorgada una Real Provisión ordenando que se les guardasen dichos privilegios a los moriscos de las cinco villas y, según palabras de Blázquez Miguel, "desde entonces no parece que fueran molestados".

Pita Mercé da la cifra de 4.000 deportados del país leridano, pero indica que probablemente muchos de ellos desaparecieron en el viaje que los llevaba hasta la costa, dedicándose a partir de ese momento al nomadismo o estableciéndose en otros lugares donde no fueran conocidos, afirma: “En realidad, creemos que los cristianos nuevos de origen morisco del país leridano que cumplieron efectivamente la orden de expulsión, fue solamente la tercera parte del total de los existentes, es decir los más conocidos y distinguidos entre ellos por su carácter de moriscos...; pero entre los moriscos pobres, más o menos adaptados a la conversión, fueron mayoría los que bajo pretexto de una u otra consideración se quedaron en el país. Sólo esta permanencia de más de la mitad de la población morisca del Bajo Segre y del Bajo Cinca, puede explicar los rasgos moriscos que afloran hasta hoy en la población actual de dichas comarcas. Creemos que en 1610, en la zona leridana habría un total de 10.000 moriscos o más y de ellos, solamente unos 4.000 salieron para el destierro”

. Todavía en 1613 es preciso que se publique una nueva Real Cédula, dirigida a los virreyes de Aragón, Navarra, Valencia, Cataluña y  Portugal, y a las justicias de Castilla, para que se cumplan estas ordenanzas de expulsión, que no acaban nunca de cumplimentarse, en la cual se dice, para justificar la reiteración de las disposiciones:
“... Y aviendo ahora entendido por relaciones muy ciertas y verdaderas, que me han embiado personas fidedignas y zelosas de mi servicio y del bien público, que buelven a estos Reynos muchos moriscos de los que ya havian salido dellos, y que no salen ningunos de los que para irlos expeliendo avian quedado…”
“... Y porque he entendido que una de las principales causas que ha avido para bolverse tanta gente de los moriscos, ha sido las muchas licencias que se han dado por diversos tribunales y personas, para quedarse á títulos de viejos y otras causas de que han informado con siniestras relaciones y probanzas falsas..:”

Elena Pezzi, en su libro los moriscos que no se fueron. Escribe:
Vincent afirma: “Sin duda estos criterios prevalecieron en todas partes, lo que plantea el problema de la permanencia en España de una población morisca más numerosa de lo que generalmente se admite, después de 1610. La toponimia atestigua su pervivencia en Extremadura. Sin embargo, considera la imposibilidad de precisar cuántos fueron los moriscos que se quedaron, ya que siempre se ha considerado que la expulsión de 1609-1610 fue el exterminio radical de su presencia en España”.

Los procesos inquisitoriales del Santo Oficio, conservados en los archivos, demuestran de  forma  evidente que los moriscos mantenían su presencia, aunque de una forma latente. Un ejemplo de ello podría se el caso de un tal Juan Fernández, morisco de los que quedaron en Valdepeñas después de la expulsión, tras haber acreditado una sincera conversión; sin embargo, en 1613, en la noche de la boda de su hija, ante la presencia de diez personas, pronunció una oración en árabe, amonestó al novio para que cuidase de su hija y declaró que ya estaban casados, porque la ceremonia de la Iglesia no tenía ningún valor.

Respecto a jurisdicción de Murcia, según los procesos registrados de la inquisición, gran parte de los moriscos expulsados que se habían refu­giado en Orán, fueron pidiendo, poco a poco, volver a la fe católica, como ocurrió en 1624, año en que fueron absueltos 28 de ellos. Durante todo el siglo XVII se sabe de la gran abundancia de moros en Cartagena, in­cluso todavía en 1677 eran muchos los que se encontraban, algunos libres y otros a los que se les denominaba “cortados o atajados a çierto prezio pagando por el conforme a sus cantidades de jornales crezidos que son usuras conoçidamente...”; se atajaban por 100 pesos. No debía de diferir mucho esta situación en el siglo XVIII, ya que el rey de Argel edificó una mezquita para los moros de Cartagena, que fue asaltada por los cristianos de la ciudad, lo cual provocó las protestas de los argelinos ante el P. Alonso Zorrilla, que amenazaron con la destrucción de todas las iglesias de Argel y el derribo del hospital.

“Siguiendo, en lo posible, los rastros de las huellas que estas gentes nos fueron dejando, apoyándonos en los datos lingüísticos y culturales de algunos pueblos españoles, hemos intentado encontrar una relación entre unos y otros, mientras nos preguntábamos: ¿quiénes eran los “maños", los majos, los "quinquis"...? (gentes que han constituido siempre una población consolidada en sus usos y costumbres, bien diferenciadas). ¿Por qué se llamaban así?. ¿Por qué eran tan abundantes las palabras de origen árabe entre las gentes de germanía o del "hampa", y entre ellos formaban categoría social los "guapos", los "chulos", los «jaques”, los «jayanes”, los mandiles", los «gorrones"...? Una profunda curiosidad por estos grupos sociales me llevó a ir buscando, en cada uno de ellos, un posible entronque con los supervivientes de los antiguos moriscos”.

De este mestizaje que se vivía, y que influencio a toda la sociedad de la época. Sigue escribiendo Elena Pezzi.

“ El uso de muchas de las modas moriscas fue habitual en España en todo el siglo XVII. Las "tapadas" fueron famosas en nuestra literatura del Siglo de Oro: las damas sabían usar de sus velos y mantos como instrumento de galanteo y aventura. El historiador matritense Antonio de León Pinelo escribe:”
“el taparse es embozarse... de medio ojo, doblando, torciendo y prendiendo el manto de suerte que, cubriendo uno de los ojos, que siempre es el izquierdo, quede lo restante del rostro aún más oculto y disfrazado que si fuera cubierto todo...”
“..Como las moriscas siempre andaban tapadas con sus almalafas o sábanas blancas... en vistiéndose a lo español, convirtiéndolas en sus mantos negros, dieron en taparse con ellos del modo que solían con las sábanas”.

Tirso de Molina pone en boca de un galán, ponderando a una Sevillana:

"¡Oh, medio ojo, que me aojó! ¡
¡Oh, atisbar de basilisco!
¡Oh, tapada a lo morisco!
¡Oh fiesta y no de la O!.

De Andalucía se extendió la moda del tapado a toda España; según Deleito, la moderna mantilla, que durante el siglo XIX distinguió el tocado de la mujer española entre las de otros países, fue una derivación de aquellos mantos moriscos.
Serán muchos los moriscos procesados, años después de la expulsión, y cuando oficialmente, ya no hay moriscos en toda España. Por ejemplo en 1630, tras haber sido expulsados dos veces de la Península, los moriscos llamados, María del Gastilo y su marido Diego Díaz, de profesión cortador de carne y vecinos de Belmonte, vivirán un proceso inquisitorial.
Comparecieron ante el tribunal después de que una antigua criada suya, Antonio Malo su mujer y algún otro testigo le acusan de lo siguiente:
- no echar tocino ni manteca a la olla sino guisar con aceite.
- comer carne en cuaresma y en viernes sin estar malos de salud ya que además  comían pescado, atún, sardinas, queso, cosas que nunca comen los enfermos.
- no iban a misa ni enseñaban las oraciones a sus hijos.
- se lavaban, cambiaban camisas los viernes y “dormían en cueros»
- recogían en su mesón a arrieros y moriscos  del Valle del Ricote.
“y sabe esta testigo que el dicho Diego Díaz recogía en su casa muchos moriscos de Val de Ricote y el y su mujer se entraban en su aposento con los dichos moriscos y hablavan algaravia que esta testigo no lo entendía y zerraban la puerta del aposento por más de tres o cuatro horas,”

. Muchos años después de la supuesta expulsión, en Córdoba en Mayo de 1649 Julio de 1650 y debido a un hecho terrible como fue la peste bubónica que asolo la ciudad, las autoridades de esta ciudad, prohibió a los moriscos y otros grupos marginales de la época el acceso al hospital de San Lázaro, habilitado como centro para los apestados, destinándose para los moriscos una casa extramuros donde serían  atendidos por otros moriscos, se decía “ no bastar los médicos para los creyentes”;  Lo clérigos fueron agentes inductores en la atribución de la responsabilidad del mal a los que llevaban una vida irregular, o considerada ofensiva para Dios y la Iglesia Católica como eran ( moriscos, esclavos, prostitutas, amancebados y, en general, personas moralmente “contaminantes”) A todos los que consideraban  no creyentes, justificando así la puesta en marcha de acciones contra los mismos. Con todas estas medidas, los moriscos fueron obligados a portear las sillas en las que los enfermos eran trasladados a San Lázaro, a quemar sus ropas y los cargamentos sospechosos.

La desigualdad socioeconómicas se manifestará en la mortalidad originada por el contagio, que si bien incidió en toda la ciudad, fue mucho más elevada en las zonas económicamente más deprimida, poniéndose así de manifiesto que, con independencia de factores causales, la enfermedad no afectó a todos por igual, en desacuerdo con los testimonios recogidos en las crónicas de la epidemias, particularmente en las realizadas por Martín de Córdova y Nicolás de Vargas Valenzuela publicadas un año después.

La agudización del conflicto de intereses entre la nobleza terrateniente y la burguesía y su ruina como consecuencia directa de la epidemia, la debilitación de la confianza en el orden tradicional junto a la desigualdad ante la enfermedad y la muerte, sentida y sufrida especialmente por los grupos sociales menos favorecidos como eran los moriscos, incrementarán considerablemente la tensiones sociales. La esterilidad del año 1651 hará el resto. En las primeras horas del año 1651 estallará en Córdoba el impropiamente llamado “motín del hambre”.

Decía,  Julio Caro Baroja
“Hoy parece que estamos padeciendo un barrido cultural. A veces parece, asimismo, que hay miedo a la memoria y que la fidelidad en el recuerdo es algo que asusta”.

Rodolfo Gil Benumeya, en su libro: (Marruecos Andaluz editado en Madrid en 1942) dice: “…desde la expulsión de los moriscos, en 1610 hasta el 1900, habían estado cortadas las comunicaciones. Con la única excepción de algún que otro viaje de embajador marroquí y, sobre todo, el curiosísimo del Ghassani (publicado por el instituto General Franco, de Tetuán), el Ghassani cuenta cómo en tiempos de Carlos II encontró aún Andalucía llena de gentes que recordaban su origen árabe. E incluso pueblos enteros, como el interesantísimo

Andujar, cuyos habitantes eran descendientes de los Abencerrajes, sale Ghassani en defensa de la Inquisición, pues dice que se hizo para atajar los abusos de los judíos, y que sólo quemaba a judíos brujos y gentes por el estilo, todas peligrosas. Pero que no tenían, ni la inquisición ni la Iglesia, el menor prejuicio hacia el origen árabe de nadie, pues lo que estaba prohibido era el culto musulmán, no el origen. Al contrario, era de origen árabe toda la aristocracia del Sur, y estaban muy orgullosos de ello, pues el descender de árabe  era una cosa muy digna y respetada. Respecto a la conversión de estos andaluces al catolicismo, que era generalmente sincera, Al Ghassani lo deplora, pero sólo como accidente casual…”.
Rodolfo Gil Benumeya, recuperara datos históricos de crónicas marroquíes, y españolas, tan interesantes, como sorprendente.  La salida en secreto de España de moriscos granadinos 60 años después de la expulsión, “…hacia 1670 llegaron moriscos de las sierras granadinas, que ya sólo hablaban español; uno de ellos era discípulo indirecto de Lope de Vega, y fundó un teatro, donde representaban comedias en español. Pues los tetuaníes hablaban por entonces español y siguieron hablándolo hasta muy entrado el siglo XVIII, según testimonio de todos los viajeros por Marruecos en ese siglo…”.

“Así, sin  saberlo, la vida del Sur español ha conservado un estilo marcadamente oriental en los siglos más recientes, Estilo que fluía naturalmente. Algunas formas se iban empujando por las modas y por el paso del tiempo. Nacían para sustituirlas otras formas que aparecían ya con estilo oriental, brotando…”

Toda Andalucía está impregnada del recuerdo de lo morisco lo moro, en el campo en las ciudades, detalles que se nos escapa por el ajetreo de la vida moderna, a pesas del embrujo moruno  de nuestras ciudades,  Sevilla, Granada, Córdoba, etc. En la Iglesia del Salvador de Sevilla, está escrito en las paredes en la calle:

“EL REY D. JUAN LEY 11 EL REY I
TODA PERSONA  QUE TOPASE EL SANTISSIMO SACRAMENTO SEAPEE AUNQUE SEA EN ELLODO SO PENA  DE 60 OMRS DE AQUELTIEMPO SEGÚN  LALOABLECOSTUMBRE DEESTA CIUDAD O QUE PIERDA  LACAVALGADURA Y SI FUERE MORO DE 14 AÑOS ARRIBA QUE HINQUE LAS RODILLAS O QUE PIERDA TODO LO QUE    LLEVARE VESTIDO Y SEA DE EL QUE LO ACUSARE
SE PUSO ESTALOZA PORLA ARCHICOFRADIA DEL SANTISSIMO SACRAMENTO DE ESTA IGLESIA COLEGIAL AÑO DE 1714”

Se supone que los moros esos a los que se refiere, ya no existen en toda España, pues fueron expulsados en 1609 -1610 ¿Como más de un siglo después en 1714 aún quedan moros en la ciudad de Sevilla?.

1750 al sur de Guadix, en la población de Alcudia, “en el Catrastro de Ensenada, se describe como asentamiento  con 80 casas , donde moraban 74 moriscos y 6 cristianos viejos que vivían del cultivo de viñedos y castañares, alamedas y frutales, y de la producción de seda. También se dedicaban a la ganadería, la fabricación de harina en dos molinos...”. Siempre fuimos los mismos hijos de esta tierra andaluza, nunca nos fuimos.  Cambio la cultura y el estado, es una constante en la historia. Los bárbaros siempre atacan las culturas más ricas y civilizadas. Luego los historiadores disimularon esta antigua situación de ocupación bajo una leyenda de cruzada, reconquista y liberación. Para ello tuvieron que inventar y manipular la historia de Andalucía y de España, para imponer su hegemonía sobre unos territorios autónomos. Se produce un hecho muy significativo en pleno siglo XIX, y que ha pasado como muchos otros que se  dan por toda la geografía y territorio de Andalucía y el resto de España, y que para los historiadores no quieren o no pueden ver. Las obras del puerto de Almería se ampliaron, en un nuevo embarcadero, que se construye coincidiendo con la visita que 1862 la reina Isabel II hace a la ciudad de Almería, el Obispo de esta ciudad, da un discurso, en los que enumera los males que azotan a España en esos momentos, entre los cuales se encuentra “el liberalismo y el Islam” ¿cómo es posible que en pleno siglo XIX, el Islam sea un problema en el territorio de España?. ¿O cómo se entiende qué el catalán Domingo Badía el famoso (Ali Bey) a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, cuando su padre funcionario de justicia es trasladado a la ciudad de Vera (Almería), aprendiera el árabe en su relación y juegos con los niños de esta ciudad del sur?.
Dice Rafael Cansinos (1883-1964), en su libro la copla andaluza:
“Andalucía está obsedido por el fantasma moruno, donde quiera que veis una ruina, allí surge la sombra del moro; en sueños con tesoros soterrado, que en un tiempo, por lo menos ha sido el sueño de toda Andalucía, infaliblemente intervienen los moros; el moro está siempre presente, aunque invisible, en Andalucía, embocado tras las columnas de los patios, entre los bojes de los jardines. Es como un duende, cuyas huellas pueden seguirse por todas partes, aunque no se le vea a él mismo. Para cualquier enigma, el andaluz tiene siempre a mano la clave del moro. Ellos hicieron todo lo que no se sabe quién lo hizo. La noción del moro o el árabe esta cuajada de superstición para el andaluz; es inspiradora de cierto temor místico y de atracción nostálgica. El andaluz comprende que allende el Estrecho hay otra Andalucía, acaso más real; que sus torres y sus jardines morunos se corresponden con otras torres y otros jardines de Marruecos, que son sus únicos semejantes: que la Giralda –por ejemplo- pertenece a esa caravana de alminares que da la vuelta al mundo musulmán. Andalucía vive, o ha vivido hasta hace poco, con una subconsciencia islámica…..”.
Convendría  revisar la historia, si aún no se ha hecho.

Friday, February 10, 2017

Los moriscos del Valle de Ricote

En la sierra del Segura se mantiene el recuerdo de descendientes de moriscos que practicaban costumbres musulmanas
Andalusíes - 24/12/2006 21:32 | La Vanguardia

Fuente: La Vanguardia

Pueblo de la Sierra del Segura
Juan López González se postraba de rodillas mirando al este y tocaba repetidamente con la frente en el suelo. Al sol le llamaba a veces Mahoma. A menudo recitaba unas salmodias incomprensibles con un libro viejísimo en las manos, con tapas negras de madera, que escondía dentro de una talega en una viga. En Semana Santa, cuando por el pueblo desfilaban procesiones, él no probaba ningún alimento mientras hubiese luz natural. Esos días, colocaba un plato vuelto del revés en el umbral de la puerta de su cortijo: Un día que un vecino le preguntó por qué lo hacía, respondió ruborizado que era para que el plato se secase. "Es que estaba muerto de miedo, siempre se escondía y me pedía a mí que no contase nada de lo que le veía hacer -explica hoy su hija Venerada-; él y su hermano salían a rezar al campo, para que nadie les viese". Antes de comer, inclinaba la cabeza y susurraba una salmodia en la que repetía mucho Alá. Tenía expresiones propias: decía arua jimena (ven aquí) jarria (mierda), quém (perro)... "Es nuestra tradición -me contaba-pero eso no debes decirlo fuera de casa".

Juan López murió en 1986, cuando Vene, así la llama todo el mundo-contaba 31 años. Ella se fue entonces a trabajar a Francia. En su pueblo, Riópar, inmerso en la Sierra del Segura, se pasaban tiempos de estrechez. La mujer se llevó una sorpresa mayúscula en su lugar de trabajo cuando oyó que un compañero marroquí le decía arua jimena, como su padre. El marroquí le enseñó un Corán y Vene lo asoció inmediatamente con el librote que su padre bajaba con una pértiga de la viga. Llena de curiosidad, buscó el texto en español y comprobó que allí se citaban las uríes, otra palabra de su padre. Vene duda de que su progenitor entendiese gran cosa: "Se ponía las gafas y lo abría, pero yo le preguntaba cosas de él .y no sabía responderlas".

Vene vive hoy en el cortijo de su padre, llamado Martínez Campos porque, dicen, fue del general. Su progenitor había nacido en él. El padre de él era de Bogarra, un lugar vecino. Su bisabuelo procedía de Las Casicas del Segura, otra aldea cercana. A pesar de éste pedigrí, su padre y su abuelo decían siempre que la familia era "de Granada", Y cuando precisaban más, de las Alpujarras y de Motril. Sin embargo se trataba de una especie de me memoria ancestral, porque no había constancia de qué antepasados se habían trasladado hasta la Sierra del Segura. Esa memoria también había transportado a través de los siglos el recuerdo de Abén Humeya, "que era nuestro rey, un santo varón, un gran hombre", en palabras del padre.

Juan López fue quizás el último, pe¬o no el único. Aurelio Amores, que nació en 1918, recuerda que en su juventud los más mayores de Riópar Viejo (el núcleo original del pueblo), donde él vivía, "adoraban al sol" al amanecer. "Se asomaban a los riscos de levante y se hincaban de rodillas y hacían reverencias", asegura. "No eran pocos; había, al menos, una docena", y repetían jati mali. Aurelio tiene bien claro porqué los viejos ejecutaban este ritual: "Era su religión, adoraban al sol como nosotros lo hacemos con Jesucristo". En ningún momento se le ocurre vincular estos actos con el islam, del que él no tiene noticias. Dos generaciones anteriores a la suya estas prácticas estaban generalizadas en su vallé. "Mis abuelos me contaban que cuando ellos eran jóvenes había muchos viejos que se postraban mirando al levante varias veces al día", explica.

Riópar está situado en el sur de la provincia de Albacete, tocando a la de Jaén, en un valle cerrado al que sólo puede accederse a través de tres puertos situados entre los 1.100 y los 1.400 metros de altitud, nevados en invierno: "Hasta hace muy poco esto estaba perdido de la mano de Dios", explica Juan Valero Valdelvira, un empresario de 50 años que tiene una empresa de producción de maderas nobles. "Cuando yo era pequeño aún no había carreteras y la población vivía en cortijos diseminados por el monte; está claro qué aquí no llegó la inquisición y en el momento de la expulsión en 1609 los musulmanes nativos no fueron molestados".

El padre de Juan Valero era matarife y él le acompañaba por los cortijos de la sierra a hacer su trabajo. “Estuviera donde estuviera la casa siempre situaban la mesa de la matanza encarada al este, con una desviación de cinco grados hacia el sur, exactamente la dirección de La Meca. Yo me di cuenta de eso hace diez años y pregunté a diferentes cortijeros porqué ponían la mesa en esa posición. La respuesta invariable era que siempre había puesto así".

Valero cuenta que las costumbres de su abuelo eran de musulmán, por su austeridad, por su visión de la vida…aunque él mismo no lo sabía. Él le llamaba "hermano", un apelativo que se daba a la gente mayor y respetada, como se hace en árabe. Su abuelo que no se movió nunca del pueblo hablaba siempre con nostalgia de Granada e indicaba el camino por el que se va a la vieja capital nazarí. Él todavía celebraba la vieja costumbre moruna de dar de comer a los animales lo mismo que a las personas un día al año, y para matar una bestia pedía permiso a las alturas. Pensaba, como hoy todos los viejos del valle, que una mujer no puede subir a un árbol cuando menstrúa, porque éste se secará según anuncia el Corán.

Indumentarias características

En las familias de tradición musulmana aún hay recuerdos de la indumentaria característica. Vene había oído en casa que el abuelo de su albuelo llevaba siempre "una bata" encima de los pantalones y la camisa, "una chilaba”. Su abuelo le contaba que iba a trabajar al campo con ella. El último de Riópar en llevar bata fue el llamado tío Sayas por su atuendo. Murió en 1971 y su recuerdo sigue muy vivo. "Dicen que llevaba la saya porque tenía incontinencia urinaria, pero es obvio que él no 1a había improvisado"; comenta Juan Valero. Su propio bisabuelo llevaba un pañuelo envuelto en la cabeza; "al estilo morisco".

La madre de Juan Valero, Aurora Valdelvira, todavía sabe anudar el pañuelo de esa manera y tiene recuerdos también de una persona que se arrodillaba y hacía reverencias: "Yo veía hacer eso a un labrador, Lorenzo Castillo Peinado, hará unos sesenta años. Dejaba el tiro del arado a un lado y se agachaba y se levantaba en dirección al Collado de la Rambla, -la dirección de La Meca-. ¿Qué hace éste?, me preguntaba yo".

Aurora coincide con su hijo en que su suegro "tenía muchas cosas de moro". Recuerda su petición de mano y su boda, en que los padres del novio adornaron caballerías con colchas de cama y fueron hasta su cortijo, donde se hizo una fiesta con vino azucarado y dulces. A ella le pusieron un delantal y todos le tiraban dinero en él. Cuando murió la hermana de su padre la amortajaron de blanco y le pusieron un ramo de flores en las manos, y la velaron durante toda la noche. Juan Valero explica que casi todas estas costumbres y muchas otras de Riópar se ven reflejadas en el libro de Gerald Brenan "Al sur de Granada". El escritor inglés vivió en la década de 1920 en un pueblo de Las Alpujarras, Yegen, y describió el carácter y las costumbres de sus gentes.

La cocina es otro elemento muy particular en las familias tradicionales de Riópar. El padre de Vene preparaba cuscus ("él lo llamaba así"), con cordero, patatas, garbanzos Y harina tostada, con un sofrito de cebolla, tomate y perejil. Pero lo que más recuerda son las almujábenas, unos dulces que se hacen en distintos lugares, que su padre enseñó a preparar a su madre -que no compartía sus tradiciones- y que se comían durante la Semana Santa, con harina, huevos, agua y azúcar. Aurora Valdelvira prepara, por su parte, nuégadas, unas bolas he¬chas con nuez y azúcar tostado.

El padre, cuyo oficio era resinero de monte y apenas salió de Riópar, decía a Vene que los árabes gustaban mucho de los dulces y que los hacían con miel. Luego de muchos años, ella ha vuelto a preparar almujábenas y otra repostería de la que se hacía en su casa, y ha empezado a servirla a sus huéspedes, porque, tiene habitaciones, de turismo rural.

Cuando Juan López y su hermano ayunaban por Semana Santa, hacían un preparado con harina, que comían antes del amanecer y al anochecer, pero Vene no sabe exactamente qué era. En esos días no fumaban ni tomaban vino. Su padre también comía cerdo aunque a menudo comentaba que no debería hacerlo: Juan Valero explica que el cerdo es fundamental en la alimentación del valle "pero le añaden tantas especias y lo hacen hervir tanto que su sabor queda totalmente desfigurado; el embutido se conserva en aceite de oliva o se mezcla con arroz y piñones". El padre de Juan mataba cerdos, pero en su casa jamás se probó una morcilla; ése embutido era tabú. Vene explica que una tarta hecha con manteca de cerdo tradicional en Riópar en su casa se hacía siempre con manteca de vaca.

“Mahoma debe estar radiante”

Vene tuvo que hacer la comunión como todas los niños del pueblo y su padre se llevó un disgusto; "él jamás entraba en la iglesia". "Mi madre insistió en que la hiciera porque `”si no, nos iban a señalar”, pero yo fui la única que no fue a la catequesis". Con el matrimonio, muerto ya Franco, ya no tuvieron reparos. "Yo no me casé por Iglesia: mi padre no quería", explica. Aunque sí tuvo una pequeña ceremonia casera: Su progenitor hizo unas señas con la mano delante de ella y le dijo: "Salte de la casa y echa el pie derecho hacia delante, y ya serás para él el resto de la vida". Antes le había a advertido: "No te has de casar un día de lluvia o nublado, tiene que estar el cielo claro; Mahoma debe estar radiante”.

Juan López explicaba a su hija que su identidad era postiza. "Nosotros venimos de la raza de los Caravavantes y de los Navalón; perdimos el nombre y nos pusieron otro". En este sentido, Juan Valero tiene muy claro de dónde vienen muchos de los apellidos del valle y la trayectoria que han seguido. "Mi segundo apellido, Valdelvira, es bab elvira (puerta bella) -es famosa la de Granada-, y los que se llamaban así jamás fueron bautizados, lo mismo que los Banegas a los Alarcón, es decir, nunca hicieron la conversión oficial al cristianismo, y eso se sabe en las familias". En Riópar se han conservado también algunos términos árabes particulares –Valero ha recogido más de 200- como aljuma (hoja de pino) y estar en fárfaras (sin vigor).

Un tonillo característico

El pueblo murciano de Albudeite es quizás el único lugar del antiguo Al Andalus donde ha permanecido el acento propio de los árabes. Sus habitantes conservan una cantinela peculiar que llaman tonillo y, además, no usan el pretérito indefinido (no dicen, por ejemplo, “he estado  ”sino  “estuve”), un tiempo verbal inexistente en la lengua árabe de sus antepasados. El alcalde la población, Joaquín Martínez, explica que en la tradición local se ha conservado que “vienen de moros” y, por supuesto, en los pueblos vecinos se han encargadote recordárselo con motes y chirigotas, en los cuales siempre figura el mismo gentilicio: moro. La memoria popular vino a confirmarse cuando el historiador Juan González Castaño dio con un documento que probaba que Albudeite fue respetado en la expulsión general de los moriscos. “No se sabe por qué razón, pero la cuestión es que aquí se quedó el pueblo entero”, explica el estudioso, que especifica que esto no sucedió en ningún otro lugar de la Península.

Murcia fue el último lugar en expulsar a sus moriscos. La conquista se había producido en 1.252 y los descendientes de musulmanes estaban muy asimilados. Ello hizo que desde los estamentos del reino se mandaran súplicas a Felipe II para que les permitiera quedarse, porque la mayoría eran católicos practicantes y tenían buena vecindad con los llamados cristianos viejos. Por esta razón, la expulsión general de 1.609 y 1.610 los respetó, pero el rey, presionado por una parte de los intransigentes del Consejo Real y, de otra, por los defensores de los moriscos, mandó en 1.612 a un dominico (la orden de la Inquisición), Juan de Pereda, para que informara sobre la conducta de los descendientes de musulmanes. El fraile recorrió durante dos meses muchos de los pueblos donde había mudéjares y entrevistó a centenares de personas. Comenzó en el Valle de Ricote (1), poblado casi enteramente por antiguos musulmanes (Cervantes llama, justamente, Ricote al morisco que aparece en el Quijote), y siguió el curso del Segura hasta Murcia. El dominico contabiliza que en Albudeite había 312 mudéjares y sólo seis cristianos viejos. El fraile señala tonillo en los habitantes de Priego –“donde hay 935 mudéjares y 59 cristianos viejos”-, Fortuna –“684 mudéjares y 54 cristianos viejos”-; “en este lugar se conoce algo más el tonillo de moriscos y también retienen el modo de llorar a los muertos” (otro signo musulmán) y en el Valle de Ricote encuentra el tonillo en todos los pueblos. Concretamente en Ricote y en Ojós “dicese desta gente que tienen más tonillo que otros y que en el comer tocino se excusan más que en otras partes”. A pesar de estas reminiscencias, el dominico concluyó que “a mi parecer hay bastantisimo testimonio para darlos por buenos cristianos y fieles vasallos de Su Majestad”. Con todo, los moriscos murcianos fueron expulsados a principios de 1.614. Juan González Castaño, que ha publicado el informe de Juan de Pereda explica que “muchos se quedaron camuflados; otros, protegidos por señores y convecinos; otros profesando en conventos deprisa y corriendo…y otros volvieron al cabo del tiempo y reclamaron sus tierras y demás posesiones”. Una mayoría se refugió en el reino de Valencia y luego regresaron a Murcia, donde un informe de agosto de 1.615 explicaba que “hay tantos que parece que no se ha hecho la expulsión”. Esto fue general en todos los reinos peninsulares, donde, sumados a los convertidos de antiguo, se quedaron muchos más de los que se fueron.

En lugares como las Alpujarras, Gerald Brenan constató que a principios del siglo XX conservaban muchas de sus viejas tradiciones.