Moriscos
de Hornachos y República de Rabat
Los
moriscos hornaceros, constituyeron una comunidad que aportó aspectos muy
importantes a la historia de España de hace 400 años, cuyo IV Centenario ahora
se conmemora.
Los moriscos procedentes de la población
extremeña de Hornachos llegaron en su mayoría en 1610 a Rabat, aun cuando otros
en menor número lo hicieron también en las poblaciones marroquíes de Tetuán,
Tánger, Fez, Chauen, etc.. Y se asentaron en la margen izquierda del río Bou
Regreg, que pasa por Rabat, entonces llamada Salé la Nueva, para diferenciarla
de la otra ribera del río llamada Salé la Vieja que ocupaba la margen derecha
del río, que es sinuoso de orillas arenosas y aguas peligrosas que hacían
difícil su navegación, y que estaba formada por antiguos musulmanes autóctonos
del antiguo Marruecos, entonces llamado Berbería. Gran parte de ellos no eran
árabes, sino bereberes o berberiscos.
Todavía hoy, la población llamada de Salé
conserva su diferenciada personalidad con la de Rabat, pese a que un puente y
la administración municipal las hayan unido.
Estos
antiguos habitantes rabatíes no vieron con buenos ojos la llegada en masa de
los moriscos procedentes de España, sobre todo, porque estos últimos tenían ya
distintas costumbres y tradiciones, las mujeres vivían de forma más liberal,
tenían una cultura más moderna y avanzada y una forma distinta de vida;
hablaban una especie de dialecto que ni era árabe ni español, sino una mezcla
en muchos casos de ambos idiomas, mientras que los anteriores moradores de la
actual capital marroquí eran bastante más conservadores y apegados a sus viejas
y ancestrales costumbres; y, aun cuando ambas poblaciones practicaban la misma
religión, la de los hornacheños era menos ortodoxa, no tan rígida y más abierta;
de manera que los llegados de Extremadura no tardaron en entrar en colisión en
sus relaciones con los antiguos habitantes de Rabat.
Los de Hornachos comenzaron por amurallar la
antigua ciudadela situada en la parte de la Medina de Rabat, llamada la “Fortalesa”,
viviendo así separados de los antiguos pobladores.
Las desavenencias entre ambas poblaciones se
hicieron casi irreconciliables, hasta el punto de que en 1627 los originarios
de Hornachos se declararon autónomos y hasta llegaron a proclamar la llamada
República independiente de Salé, que lo fue durante varios años y hubo algunos
países que la reconocieron, incluso habiendo nombrado embajadores en ella, como
Inglaterra, Francia, Alemania y Holanda.
Y, dado que llegaron en masa y no disponían de
otro medio de vida, pues no tuvieron más remedio que dedicarse a la piratería y
al comercio, actuando como tales piratas en embarcaciones que llevaban a cabo
sus hostilidades en el Estrecho de Gibraltar, en las costas de Ceuta, y también
en el litoral de la Península más próximo, como Cádiz, Huelva, Málaga y
Granada. Unas veces actuaban en grupo de embarcaciones dirigidas por sí mismos,
y otras en connivencia con los turcos, que por entonces igualmente eran
hostiles a España. Fue una pequeña república que desarrollaba su vida interior
sin obedecer a los Sultanes; pero, finalmente, las autoridades marroquíes les
hicieron ciertas concesiones de autonomía municipal y terminaron por acatar la
autoridad del entonces Sultán de Marruecos, tras la llegada al poder de Muley
Ismael, ya en pleno siglo XVIII.
El primer gobernador de la República
independiente del Salé fue Brahim Vargas, famoso corsario que consiguió hacer
muy rica y próspera aquella vieja ciudad de Rabat a base de dedicarse a la
piratería y al comercio con España y otros países ribereños del Mediterráneo,
para lo que llegó a disponer de una muy importante flota de galeones que era
bastante temida incluso por las más importantes potencias navales de aquella
época. Recién llegado de Hornachos a Rabat abrazaba la religión cristiana, pero
luego se convirtió al islamismo. Sus descendientes son los actuales Bargasch de
Rabat, que fue, y continúa siendo, una influyente familia de la capital
marroquí. Su último ascendiente de Hornachos, al tiempo de la expulsión, fue
también el último alcalde morisco que tuviera la citada localidad extremeña de
la provincia de Badajoz.
Otra
familia muy influyente que también gobernó Rabat fue la apellidada Naqsis.
Igualmente, Tetuán fue, entre 1727 y 1912, una ciudad de lujo, cuna de hombres
eminentes que llegaron a desempeñar los primeros puestos del Estado marroquí,
fueron los Torres, Lucax, Medina, Erzini, Lebbadi, Salas, Aragón, Delero,
Cegrí, Ercaina, Bennuna, Aljatib, Baeza, Requena, etc.
Pero
los hornacheños, no olvidaron nunca sus orígenes españoles, y hasta llegaron a
acumular grandes fortunas en la vieja capital marroquí con la finalidad de poder
algún día regresar a Extremadura, a su Hornachos natal, donde nacieron
españoles, conservando muchos de ellos las llaves de las casas que cientos de
años antes habían tenido que abandonar a la fuerza. Entre los apellidos
moriscos que más destacaron en Rabat figuran los citados Vargas (Bargasch ahora
por mutación), Chamorro, Tredambo, Al-Fajar, Zapata (ahora sebatta), Palambo,
Torres, Peña, Chaves, Guevara, Lara, Mendoza, Crisebbo, Cortobi (Córdoba),
Cuevas, Sierra, Mendoza, Marchina, Álvarez, Gómez del Castillo. En 1941, los descendientes
de aquellos viejos moriscos españoles eran denominados por el Instituto de
Altos Estudios Marroquíes como “Los que se distinguen de los hanifiin, porque
son generalmente muy blancos de piel y tienen una fisonomía muy parecida a la
europea; son muy limpios y muy urbanizados; sus casas suelen sor preciosas, sus
mujeres son muy hábiles en bordados, y parecen tener un mayor grado de
civilización”.
Hasta 1943 los gobernadores de Rabat eran
todavía de origen morisco. Y, recién llegados de Hornachos, se solían
distinguir porque sobre sus vestimentas llevaban una especie de bandolera
cruzada al pecho y hasta la cintura, porque era un derecho que estando en
España les había concedido a algunos el rey español Felipe V. Hace sólo unos
años, creo que en 2003, aparecieron en Hornachos dos manuscritos del siglo XV
empotrados secretamente en una pared al derruir una vieja vivienda, escritos en
árabe, pero entremezclado con numerosas tendencias españolas. Son un
devocionario islámico y un cuaderno de caligrafía árabe que utiliza textos
coránicos, ambos sin autor conocido y aparecen escritos en dos tintas, de color
negro para las consonantes, y de color rojo para las vocales. Tiene 234
páginas, la mayoría con seis líneas y bastante simétricas, hasta el punto de
que los huecos que quedan al final de líneas se rellenan con algún dibujo. La
Junta de Extremadura los guarda como preciosos tesoros o “joyas
bibliográficas”,que recuerdan aquella época de los moriscos extremeños.
Había luego en Rabat otros moriscos que no
eran procedentes de Hornachos, sino que fueron venidos de otros lugares de
Andalucía, y de los que algunos también se ubicaron tras la expulsión en Fez y
Tetuán. Y eran muy aficionados a la música.
Desde el siglo XV hasta el XX, no se concebía
en buena parte de Marruecos ninguna fiesta pública ni privada en la que no
tomaran parte los músicos andaluces, algunas de cuyas orquestas estaban
subvencionadas por los propios Sultanes, porque se trataba de canciones tiernas
y y apasionadas y cantos que encierran toda la poesía y la emoción de los
jardines de Andalucía.; siendo creencia tradicional que cada “nuba” tiene
relación con una pasión o estado de ánimo, destacando la canción llamada “Ya
Assafi”, que encierra la melancolía de las puestas del sol vista desde la torre
granadita de la Vela, y que comienza: “ Granada, Granada, de tu poderío ya no
queda nada...”. La huella del pasado morisco de Rabat es todavía hoy visible en
la larga muralla rojiza que cierra el lado sur de la Medina de Rabat. Se la
conoce como la muralla de los andaluces, pero fue edificada por los moriscos
extremeños llegados de Hornachos.
Los moriscos hornaceros, constituyeron una
comunidad que aportó aspectos muy importantes a la historia de España de hace
400 años, cuyo IV Centenario ahora se conmemora. Se trata de dos poblaciones
hermanas que por la fuerza quedaron separadas, los que se quedaron y los que
fueron arrancados a la fuerza de Hornachos. Fueron echados de una tierra
próspera, de unas huertas llenas de naranjos y limoneros que era lo que más le
gustaba a los antiguos moriscos, las norias, el regadío, las huertas, la agricultura,
las fuentes, los pilares, sus calles y las casas angostas de la parte alta de
dicha población; de las que sus descendientes hoy todavía conservan la memoria
y la nostalgia, por transmisión de padres a hijos, el recuerdo y el afecto de
dos poblaciones segregadas debido al fanatismo religioso y a la intolerancia de
aquella época, que nunca debió de darse por ninguna de las dos partes.
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