El Mulâ Hodja Nasreddín emprendió
en cierta ocasión un largo viaje. En la travesía tenía que cruzar algunos
territorios donde los bandidos campaban a sus anchas, razón por la cual llevó
consigo un par de afiladas espadas, a fin de protegerse. El caso es que un buen
día pasó lo peor y un malvado ladrón se interpuso en el camino del Mol·lâ
amenazándolo con un bastón. Ni que decir tiene que nuestro hombre recibió una
paliza soberana de manos de aquel granuja, que además lo desplumó. Ya de
regreso a casa, cuando el Mol·lâ les explicó lo sucedido a los suyos, un amigo
le preguntó cómo pudo ser que un hombre sólo armado con un bastón pudiese
asaltarle a él que llevaba dos espadas para
defenderse,
a lo que el Mol·lâ respondió encogiéndose de hombros:
"
Bueno, si, es cierto, pero no pude defenderme bien justamente porque tenia las
manos ocupadas sosteniendo las dos espadas".
A
veces, nuestro supuesto 'conocimiento espiritual' es más un impedimento, por su
inutilidad e ineficacia transformadora, que un medio para iluminar nuestro ser
y estar en el mundo. El conocimiento no es algo que se acumule para hacer
bonito u ofrecer una imagen positiva de sí mismo. Una manta deja de ser una
manta si ya no calienta. Cuando el conocimiento deja de ser operativo, ya no es
conocimiento, sino mera información, una forma culta de perder el tiempo. ¿De
qué vale entonces querer acumular más y más? Y es que si no vivimos de acuerdo
al conocimiento que ya tenemos, ¡para qué queremos más
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